Namárië

Namárië
El viento agita el bambú,
Pero una vez que el viento pasa,
El bambú queda en silencio.
Los gansos acuatizan en el gélido estanque,
Pero una vez que los gansos emprenden el vuelo,
No hay reflejos.
Del mismo modo,
Una vez que el polvo rojo pasa,
La mente queda quieta.

_____________________________

Bienvenidxs al curso de Teorías Históricas de la Poética y la Retórica


Contacto: Claudia Pérez: oliviapz@gmail.com

Maite Vanesa Artasánchez: maitevanesa@gmail.com

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Lunes y jueves de 18.30 a 21hs.
Aulario.

Horario de consulta: miércoles 17.30 en el Depto. de Teoría y Metodología Literarias, FHCE. Confirmar asistencia por mail.

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22 sept. 2017

Materiales para el tema Tolkien en el Seminario de Teoría

Materiales para el tema Tolkien en el Seminario de Teoría:

bibliografía crítica y obras




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21 sept. 2017

Tópicos literarios

Aurea mediocritas
Dorado punto medio: especialmente dentro de la filosofía de Aristóteles alude al
intento de alcanzar un deseado punto medio entre los extremos o un estado ideal
en el que no afecten, en exceso, ni las alegrías ni las penas. Está relacionado con el
hedonismo epicureista basado en conformarse con lo que se tiene y no dejarse
llevar por las emociones desproporcionadas. Aparece como tema poético por
primera vez en Horacio, en Odas II 10.
Para el pensamiento griego fue esta mediocritas un atributo de la belleza. Con esta
expresión en Horacio se alude al feliz estado del que, ni demasiado rico ni
demasiado pobre, vive contento con su medianía.
Es un ideal de vida en que no se prefiere lo mucho ni lo poco, sino tener
estrictamente lo necesario, porque así no hay preocupación por las pasiones. Es el
equilibrio clásico, y también se formula como: in medio stat virtus, quando extrema
sunt vitiosa, la virtud está en el medio cuando los extremos son viciosos.
Aurea mediocritas
Horacio
Rectius vives, Licini, neque altum
semper urgendo neque, dum procellas
cautus horrescis, nimium premendo
litus iniquum.
auream quisquis mediocritatem
diligit, tutus caret obsoleti
sordibus tecti, caret invidenda
sobrius aula.
saepius ventis agitatur ingens
pinus et celsae graviore casu
decidunt turres feriuntque summos
fulgura montis.
sperat infestis, metuit secundis
alteram sortem bene preparatum
pectus. informis hiemes reducit
Iuppiter, idem
summovet. non, si male nunc, et olim
sic erit: quondam cithara tacentem
suscitat Musam neque semper arcum
tendit Apollo.
rebus angustis animosus atque
fortis appare; sapienter idem
contrahes vento nimium secundo
turgida vela.

La mediocridad dorada
de Horacio*
(versión libre)
Vivirás mejor, Licinio, si no te adentras
siempre en alta mar ni, por miedo a las tormentas,
te aproximas demasiado a la costa.
Los que prefieren la mediocridad dorada
encontrarán abrigo y se hallarán a salvo
del precario techo en ruinas y de la envidia de los salones.
Al pino muy alto el viento lo sacude más;
la torre elevada se derrumba con estruendo;
el rayo alcanza las cumbres más altas de las montañas.
En los desastres, el carácter bien dispuesto espera,
y en la bonanza se prepara para el cambio de suerte.
Es natural que un inverno duro llegue y se vaya.
Lo malo no perdura.
Apolo tensa unas veces el arco de la guerra,
pero otras empuña su cítara para despertar a la música.
Sé valiente y alegre en la adversidad,
pero cuando el viento sopla demasiado favorable
el sabio se apresta a recoger las velas.
En nuestros textos lo ejemplificamos en el poema siguiente:
HORATIUS, Carmina I 11, 3-8:
Horacio invita a Leucónoe a que, sin preguntarse por los años de vida que le
quedan, disfrute del momento.
[...] Ut melius, quidquid erit, pati,
seu plures hiemes seu tribuit Iuppiter ultimam,
quae nunc oppositis debilitat pumicibus mare
Tyrrhenum. Sapias, vina liques et spatio brevi
spem longam reseces. Dum loquimur, fugerit invida
aetas: carpe diem, quam minimum credula postero.
Mejor será aceptar lo que venga,
ya sean muchos los inviernos que Júpiter
te conceda, o sea éste el último,
el que ahora hace que el mar Tirreno
rompa contra los opuestos cantiles.
No seas loca, filtra tus vinos
y adapta al breve espacio de tu vida
una esperanza larga.
Mientras hablamos, huye el tiempo envidioso.
Vive el día de hoy, no fíes del incierto mañana.

* Horacio nació en Venusia, en el sur de Italia, en 65 a.C. y falleció en Roma en 8
a.C. Amigo personal del republicano Marco Bruto, uno de los tiranicidas del dictador
Julio César, participó en la batalla de Filipos, en 42 a.C. Tras la derrota, fue
desposeído de todos sus bienes, centrándose a partir de entonces en su creación
literaria.

Las odas, expresión de la lírica pura, se caracterizaban por el empleo de una
métrica, llamada eolocoriámbica, y se componían para ser cantadas al son de la
lira.

Carpe diem
"Goza del día presente" (Horacio). Hay que disfrutar del tiempo en que se dispone
de belleza, entusiasmo y salud, es decir, la juventud, porque el paso del tiempo lo
arruinará (ubi sunt?)
Etimológicamente significa cosecha el día, figuradamente: disfruta el día, captura el
momento en el que te encuentras.
Horacio nos dice, Carmina I 11, 3-8: : Carpe diem quam minimum credula
postero; disfruta el día, no des crédito al mañana. Porque del mañana nada
sabemos, ni siquiera nos es dado el poder conocerlo.
No pretendas saber, pues no está permitido,
el fin que a mí y a ti, Leucónoe,
nos tienen asignados los dioses,
ni consultes los números Babilónicos.
El futuro son juegos de azar, mera especulación de magos babilónicos que no
tiene por qué llevar a nada. Si existe el Destino o la Providencia, no baja ningún
dios a concedernos su conocimiento.
HORATIUS, Carmina I 11, 3-8:
Horacio invita a Leucónoe a que, sin preguntarse por los años de vida que le
quedan, disfrute del momento.
[...] Ut melius, quidquid erit, pati,
seu plures hiemes seu tribuit Iuppiter ultimam,
quae nunc oppositis debilitat pumicibus mare
Tyrrhenum. Sapias, vina liques et spatio brevi
spem longam reseces. Dum loquimur, fugerit invida
aetas: carpe diem, quam minimum credula postero.
Mejor será aceptar lo que venga,
ya sean muchos los inviernos que Júpiter
te conceda, o sea éste el último,
el que ahora hace que el mar Tirreno
rompa contra los opuestos cantiles.
No seas loca, filtra tus vinos
y adapta al breve espacio de tu vida
una esperanza larga.
Mientras hablamos, huye el tiempo envidioso.
Vive el día de hoy, no fíes del incierto mañana.
Nada hay de cierto en el porvenir, ninguna seguridad. El momento, sin embargo, hemos
de aprovecharlo. Y hemos de aprovecharlo porque el tiempo huye, tempus fugit, otro
tópico. Y las huidizas edades son envidiosas del presente, porque en realidad no le
poseen; las edades son solo pasado. Mientras pensamos en el mañana,
indefectiblemente, el hoy se nos escapa. Y el mañana no existe, si acaso existirá, y
tampoco eso es seguro.
Vivamos entonces el día, capturemos pues el momento. Nadie nos dice que lo hagamos
con optimismo o siendo pésimos; a lo sumo, Horacio nos indica que hay que adaptarse a
ello. ¿Y cómo te adaptas? Aceptando el hecho, eso lo primero. Mas ¿cómo se acepta?
Es un tópico literario, un tema recurrente en la literatura universal como una
exhortación a no dejar pasar el tiempo que se nos ha brindado; o bien, para disfrutar los
placeres de la vida dejando a un lado el futuro, que es incierto. Cobra especial
importancia en el renacimiento, en el barroco y en el romanticismo.
Asimismo se suele traducir erróneamente como ‘aprovecha el momento’, ‘vive el
momento’, es decir, «aprovecha la oportunidad y no esperes a mañana, porque puede
ocurrir que mañana la oportunidad ya no exista».

También lo vemos en Catulo:
Vivamus, mea Lesbia, atque amemus,
rumoresque senum severiorum
omnes unius aestimemus assis.
soles occidere et redire possunt:
nobis, cum semel occidit brevis lux,
nox est perpetua una dormienda.
Catulo, 5, 1-6.
Vivamos, querida Lesbia, y amémonos,
y las habladurías de los viejos puritanos
nada nos importen.
Los soles pueden salir y ponerse;
nosotros, tan pronto acabe nuestra efímera luz,
tendremos que dormir una noche eterna.

Tempus fugit
El tópico tempus fugit hace referencia al paso irremisible del tiempo, que todo lo acaba. Suele
aparecer muy frecuentemente en combinación con el tópico del carpe diem.
Significado de carpe diem:
Carpe diem es una frase latina que literalmente significa cosecha el día, también significa
disfruta el día, fue acuñada por el poeta romano Horacio (Odas, 11.8):
Carpe diem quam minimum credula postero.
("Aprovecha el día, no confíes en mañana").
Ejemplos:
Sed fugit interea, fugit inreparabile tempus
Virgilio, Geórgicas III, 284
Omnia fert aetas, aninum quoque
P. Vergili Maronis Bucólicas, 9, 51
Soles occidere et redire possunt:
nobis, cum semel occidit brevis lux,
nox est perpetua una dormienda.
C. Valerii Catuli Carmina, 5, 4
Garcilaso de la Vega se inspiró en este poema para componer su soneto XXIII, del
que aportamos el análisis métrico
(1501-1536)

Soneto XXIII
En tanto que de rosa y azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
enciende al corazón y lo refrena;
y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto,
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena:
coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto, antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre;
marchitará la rosa el viento helado.
Todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre.

Beatus ille
Beatus ille... qui procul negotiis o "feliz aquel que alejado de los negocios..."
(Horacio) Ensalza la vida sencilla y retirada, por lo general en contacto con la
naturaleza. A veces se confunde con el "menosprecio de corte y alabanza de aldea"
Beatus ille es un tópico literario creado por el poeta romano Horacio (65ac-8ac) en
el que se exaltaba la vida en el campo como aquel lugar en el que se podía
encontrar la paz espiritual. Se traduce literalmente como bienaventurado aquél
complementando la idea de: dichoso aquel que procura apartarse del mundanal
ruido para estar consigo mismo.
'Beatus ille qui procul negotiis,
ut prisca gens mortalium,
paterna rura bubus exercet suis
solutus omni faenore
neque excitatur classico miles truci
neque horret iratum mare
forumque vitat et superba civium
potentiorum limina.
ergo aut adulta vitium propagine
altas maritat populos
aut in reducta valle mugientium
prospectat errantis greges
inutilisque falce ramos amputans
feliciores inserit
aut pressa puris mella condit amphoris
aut tondet infirmas ovis.
vel cum decorum mitibus pomis caput
Autumnus agris extulit,
ut gaudet insitiva decerpens pira
certantem et uvam purpurae,
qua muneretur te, Priape, et te, pater
Silvane, tutor finium.
libet iacere modo sub antiqua ilice,
modo in tenaci gramine:
labuntur altis interim ripis aquae,
queruntur in Silvis aves
frondesque lymphis obstrepunt manantibus,
somnos quod invitet levis.
at cum tonantis annus hibernus Iovis
imbris nivisque conparat,
aut trudit acris hinc et hinc multa cane
apros in obstantis plagas
aut amite levi rara tendit retia
turdis edacibus dolos
pavidumque leporem et advenam laqueo gruem
iucunda captat praemia.
quis non malarum quas amor curas habet
haec inter obliviscitur?
quodsi pudica mulier in partem iuvet
domum atque dulcis liberos,
Sabina qualis aut perusta Solibus
pernicis uxor Apuli,
sacrum vetustis exstruat lignis focum
lassi Sub adventum viri
claudensque textis cratibus laetum pecus
distenta siccet ubera
et horna dulci vina promens dolio
dapes inemptas adparet:
non me Lucrina iuverint conchylia
magisve rhombus aut scari,
siquos Eois intonata fluctibus
hiems ad hoc vertat mare,
non Afra avis descendat in ventrem meum,
non attagen Ionicus
iucundior quam lecta de pinguissimis
oliva ramis arborum
aut herba lapathi prata amantis et gravi
malvae salubres corpori
vel agna festis caesa Terminalibus
vel haedus ereptus lupo.
has inter epulas ut iuvat pastas ovis
videre properantis domum,
videre fessos vomerem inversum boves
collo trahentis languido
positosque vernas, ditis examen domus,
circum renidentis Laris.
'haec ubi locutus faenerator Alfius,
iam iam futurus rusticus,
omnem redegit idibus pecuniam,
quaerit kalendis ponere.

Traduce Fray Luis de León de esta manera el ideal epicúreo de la sobriedad y la
austeridad:
Dichoso el que de pleitos alejado,
cual los del tiempo antigo,
labra sus heredades, no obligado
al logrero enemigo.
Ni la arma en los reales le despierta,
ni tiembla en la mar brava;
huye la plaza y la soberbia puerta
de la ambición esclava.
Su gusto es, o poner la vid crecida
al álamo ayuntada,
contemplar cuál pace, desparcida,
el valle su vacada.
Ya poda el ramo inútil, o ya enjiere
en su vez el extraño;
castra sus colmenas, o si quiere,
tresquila su rebaño.
Pues cuando el padre Otoño muestra fuera
la su frente galana,
con cuánto gozo coge la alta pera,
las uvas como grana.
Y a ti, sacro Silvano, las presenta,
que guardas el ejido,
debajo un roble antiguo ya se asienta,
ya en el prado florido.
El agua en las acequias corre, y cantan
los pájaros sin dueño;
las fuentes al murmullo que levantan,
despiertan dulce sueño.
Y ya que el año cubre campos y cerros
con nieve y con heladas,
o lanza el jabalí con muchos perros
en las redes paradas;
o los golosos tordos, o con liga
o con red engañosa,
o la extranjera grulla en lazo obliga,
que es presa deleitosa.
Con esto, ¿quién del pecho no desprende
cuanto en amor se pasa?
¿Pues qué, si la mujer honesta atiende
los hijos y la casa?
Cual hace la sabina o la calabresa
de andar al sol tostada,
y ya que viene el amo enciende apriesa
la leña no mojada.
Y ataja entre los zarzos los ganados,
y los ordeña luego,
y pone mil manjares no comprados,
y el vino como fuego.
No me serán los rombos más sabrosos,
ni las ostras, ni el mero,
si algunos con levantes furiosos
nos da el invierno fiero.

Veamos ahora cómo ha influido este tópico horaciano en diferentes autores
contemporáneos:
LUIS ANTONIO DE VILLENA, Hymnica
Bajo el aura del duro sol primero
y el trino inaugurado de los pájaros,
abandonar el hogar tras el almuerzo,
en el breve calor que adelanta el verano.
No ir, si tenías que ir a lugar convenido,
ni entrar en clase, aunque el estudio importe,
ni salir hoy a comprar cosas determinadas...
Ponerse a caminar, con el amigo cómplice,
que huye también la tarde, por la cuesta abajo,
hacia la hierba y los pinos, solitarios...
Tenderse allí y hablar del duro otoño,
ya pasado, mientras invita el sol a retirarse
ropa, y molestan los insectos renovados.
Y allí dejar pasar las horas insensiblemente,
entre calor y vaho de flores, dormitando.
Se charlará despacio, y surgirá el silencio.
Y si el sexo incomoda alegremente, no habrá
sorpresa. Es huésped esperado y cotidiano...
Por lo demás, amodorrarse allí, vivir al sol,
dejar pasar el tiempo y olvidarse de todo.
Que ya sabes el verso: Dichoso el que de pleitos
alejado.
Como véis, Luis Antonio de Villena cita a Horacio a través de Fray Luis, y además,
cambia el punto de vista, es mucho más romántico antes que epicúreo.
Arturo Dávila, poeta mexicano nacido en 1958, creador de una compilación poética
llamada, con gracia y estilo, Catulinarias, remitiéndose al tan famoso poeta citado
nos ofrece este bello poema en el que se dirige directamente al propio Horacio.
Dichoso aquél, Horacio,
que huye del mundanal ruido
(y del tráfico
y del smog)
y, lejos de los negocios de la poesía,
se dedica (como aconseja Voltaire)
a cultivar su jardín.
Y a hacer el amor a una mujer callada,
y a desayunar frutas con té de menta,
y a practicar yoga al atardecer,
y a ver, tras la ventana azul,
el mar
que siempre nace
y nunca muere.
Cita al famoso jardín, y mezcla los ideales epicureístas con ideales ecologistas,
naturistas, de su época hippy. Al final, lo mejor es el mar, la contemplación del
inmenso infinito, la contemplación serena de lo que perdura, la naturalidad.
Por último, cabe citar un poema más, demostrando que poetas anteriores a Horacio,
como el poeta espartano arcaico Alcmán, ya tenían en sus pensamientos el Beatus
ille.
Feliz aquel que puede alegremente
cumplir un día sin lágrimas.

Locus amoenus
Locus amoenus o "lugar delicioso"; según Ernst Robert Curtius es un lugar natural
provisto de tres elementos: agua, prado y sombra de árboles, que invita a la
conversación o al descanso. Es el escenario de los diálogos ciceronianos y de las
conversaciones de la literatura pastoril. Si falta cualquiera de esos tres elementos,
no se trata de un lugar delicioso.
Heráclito y Demócrito, o filósofo que llora y filósofo que ríe. Heráclito pensaba que
la vida humana era algo tan trágico que le hacía llorar; Demócrito, por el contrario,
estimaba que merecía la risa ante la estupidez de las conductas humanas. Es tema
de muchos sonetos y cuadros de la época.
En Horacio lo tenemos reflejado junto con el Beatus ille. Ver la oda anterior del
Beatus ille.

20 sept. 2017

Quand vous serez bien vieille


Quand vous serez bien vieille

Pierre de Ronsard

Quand vous serez bien vieille, au soir, à la chandelle,
Assise auprès du feu, dévidant et filant,
Direz, chantant mes vers, en vous émerveillant :
Ronsard me célébrait du temps que j’étais belle.
Lors, vous n’aurez servante oyant telle nouvelle,
Déjà sous le labeur à demi sommeillant,
Qui au bruit de mon nom ne s’aille réveillant,
Bénissant votre nom de louange immortelle.
Je serai sous la terre et fantôme sans os :
Par les ombres myrteux je prendrai mon repos :
Vous serez au foyer une vieille accroupie,
Regrettant mon amour et votre fier dédain.
Vivez, si m’en croyez, n’attendez à demain :
Cueillez dès aujourd’hui les roses de la vie.
Pierre de Ronsard, Sonnets pour Hélène, 1578

clase del jueves 21: salón 108

La clase del jueves 21 se dictará excepcionalmente en el salón 108 del Aulario.

18 sept. 2017

Materiales para Unidad 5: Horacio, Virgilio

Varios materiales en google drive:

Horacio, Virgilio en ediciones bilingües


https://drive.google.com/folderview?id=0B-GPqM-CVAWSWjFBWDVYTFhXc3c&usp=sharing

17 sept. 2017

Fray Luis de León - Oda a la vida retirada

 ODA A LA VIDA RETIRADA
¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruïdo,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido;



 Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio Moro, en jaspe sustentado!



 No cura si la fama
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.


 ¿Qué presta a mi contento
si soy del vano dedo señalado;
si, en busca deste viento,
ando desalentado
con ansias vivas, con mortal cuidado?

 ¡Oh monte, oh fuente, oh río,!
¡Oh secreto seguro, deleitoso!
Roto casi el navío,
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestuoso.

 Un no rompido sueño,
un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de a quien la sangre ensalza o el dinero.

 Despiértenme las aves
con su cantar sabroso no aprendido;
no los cuidados graves
de que es siempre seguido
el que al ajeno arbitrio está atenido.

 Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.

 Del monte en la ladera,
por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera
de bella flor cubierto
ya muestra en esperanza el fruto cierto.

 Y como codiciosa
por ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura.

 Y luego, sosegada,
el paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada
de verdura vistiendo
y con diversas flores va esparciendo.

 El aire del huerto orea
y ofrece mil olores al sentido;
los árboles menea
con un manso ruïdo
que del oro y del cetro pone olvido.

 Téngase su tesoro
los que de un falso leño se confían;
no es mío ver el lloro
de los que desconfían
cuando el cierzo y el ábrego porfían.

 La combatida antena
cruje, y en ciega noche el claro día
se torna, al cielo suena
confusa vocería,
y la mar enriquecen a porfía.

 A mí una pobrecilla
mesa de amable paz bien abastada
me basta, y la vajilla,
de fino oro labrada
sea de quien la mar no teme airada.

 Y mientras miserable-
mente se están los otros abrazando
con sed insacïable
del peligroso mando,
tendido yo a la sombra esté cantando.

 A la sombra tendido,
de hiedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce, acordado,
del plectro sabiamente meneado.


16 sept. 2017

Virgilio, ejemplos

I, 1-5.

Arma virumque cano, Troiae qui primus ab oris
Italiam, fato profugus, Laviniaque venit
litora, multum ille et terris iactatus et alto
vi superum saevae memorem Iunonis ob iram;
multa quoque et bello passus, dum conderet urbem,               
5
inferretque deos Latio, genus unde Latinum,
Albanique patres, atque altae moenia Romae.


I, 263

bellum ingens geret Italia, populosque feroces
contundet, moresque viris et moenia ponet,

Horacio, ejemplos

SERMONVM Q. HORATI FLACCI LIBER SECVNDVS, II, 7

Romae rus optas; absentem rusticus urbem
tollis ad astra levis.


Tu ne quaesierisscire nefasquem mihiquem tibi
finem di dederintLeuconoenec Babylonios
temptaris numerosut meliusquidquid eritpati.
seu pluris hiemes seu tribuit Iuppiter ultimam,
quae nunc oppositis debilitat pumicibus mare
Tyrrhenumsapiasvina liques et spatio brevi
spem longam resecesdum loquimurfugerit invida
aetascarpe diem quam minimum credula postero.

Hor. Od. 1.11



http://www.perseus.tufts.edu/hopper/text?doc=Perseus:text:1999.02.0024:book=1:poem=11

Espace Horace

http://www.espace-horace.org/

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14 sept. 2017

Muerte de Hipólito

CoRIFEO ~ — Veo a un compañero de Hipólito que,
con la mirada sombría, se precipita veloz en palacio.
MENSAJERO. — ¿Dónde podría encontrar a Teseo, rey
ííss de este país, mujeres? Indicádmelo, si lo sabéis. ¿Está
dentro de palacio?
CORIFEO. — Ahí lo tienes en persona saliendo de la
casa.
MENSAJERO. — Teseo, la noticia que te traigo es
digna de preocupación para ti y para los ciudadanos
que habitan la ciudad de Atenas y los confines de la
tierra de Trozén.
1160 TESEO. — ¿Qué ocurre? ¿Alguna nueva desgracia se
ha abatido sobre estas dos ciudades vecinas?
MENSAJERO. — Hipólito ya no existe, por así decirlo.
Ve aún la luz, pero su vida está pendiente de un
hilo ~
TESEO. — ¿Quién lo mató? ¿Alguien llevado por el
1165 odio, por haber violado a su esposa, como a la de su
padre?
MENSAJERO. — Su propio carro lo ha matado y las
maldiciones de tu boca que habías dirigido a tu padre,
señor del mar, contra tu hijo.

72 Las Cárites, en griego, o Gracias, en latín, son divinida-
des de la belleza y la fecundidad. Son hijas de Zeus y se las
representa como tres jÓvenes desnudas unidas por los hom-
bros. de aquí su epíteto ~uncidas,. en el original griego. Sus
nombres son EufrÓsine (Alegría). Talía (Floración) y Aglae
(Resplandor).
~3 Aunque la edición de MURRAY no indica quién recita estos
dos versos, la mayoría de los editores se los atribuyen al
Corifeo.
74 En el original griego no dice textualmente eso, sino que
se emplea una metáfora en relación con la balanza: ,,Depende
de una pequeña inclinaciÓr» (para alcanzar la muerte, se sobre-
entiende).

HIPÓLITO
227
TESEO. — ¡Oh dioses, oh Posidón, cuán -verdaderS
mente eres mi padre, ya que oíste mis maldicioneS1 1170
(Al mensajero.) ¿Cómo murió? Habla. ¿De qué modo
le golpeó el mazazo de la justicia, por habe rme ultra-
jado?
MENSAJERO. — Nosotros, junto a la costa, abrigo de
las olas, peinábamos con cardas la crin de los caballoS
entre sollozos, pues alguien vino trayendo la noticia 1175
de que Hipólito ya no pondria más el pie en esta tierra,
castigado por ti a un doloroso destierro. Y él misn3O
llegó a la orilla, acompañando con su canto de lágtt-
mas al nuestro. Innumerable compaina de 1 óvenes d~ 1180
su edad le seguía. Por fin, poco después, c esando et1
sus sollozos, dijo: <¿A qué continuar mis lamentos?
Tengo que obedecer las palabras de mi padre. Engatl
chad a mi carro los caballos que se pliegax~i al yugO~
servidores, pues esta ciudad ya no es la míab.
Nada más recibir la orden, todos nos aWresurába- 1185
mos y en menos tiempo de lo que cuesta decirlo lle-
vamos los caballos preparados junto a nuestro señor~
Y él con la mano aferra las riendas, cogiémdolas del
parapeto, ajustando él mismo los pies a lcbs estribOS
y, extendiendo sus manos, comenzaba a suplicar a 105 1190
dioses: <¡Zeus, que muera, si soy un malvado, y que
mi padre vea cómo me ha deshonrado, bien esté
muerto o contemple la luz del sol! » Despues de esta
súplica, tomando en sus manos el aguijón,. fustigó a 1195
los caballos con un solo golpe y nosotros los servido-
res, al pie del carro, junto a las riendas, seguíamoS
a nuestro Señ9r por el camino que conduce derecho a
Argos y Epidauro.
Después llegábamos a un paraje desierto., en donde,
más allá de esta tierra, una costa escarpada, se e% 1200
tiende hacia el golfo Sarónico ~. De allí surgió Un

7~ Entre el Ática y la Argólida.

228
TRAGEDIAS
rumor de la tierra, cual rayo de Zeus, profundo br..
mido, espantoso de o¡r. Los caballos enderezaron sus
cabezas y sus orejas hacia el cielo y un fuerte temor
1205 se apoderaba de nosotros al buscar de dónde procedí.
el ruido. Y mirando a las costas azotadas por el mar,
vimos una ola enorme que se levantaba hacia el cielo1
hasta el punto de impedir a mis ojos ver las costas de
Escirón y ocultaba el Istmo y la roca de Asclepio iB
1210 Y luego, hinchándose y despidiendo en derredor espu..
ma a borbotones por el hervor del mar ~, llega hasta
la costa en donde estaba la cuadriga. Y en el mo-
mento de romper con estruendo, la ola vomitó un toro,
1215 monstruo salvaje. Y toda la tierra, al llenarse de su
mugido, respondía con un eco tremendo. A aquellos
que la veían la aparición resultaba insoportable a su
mirada. Al punto un miedo terrible se abate sobre los
caballos. Nuestro amo, muy práctico en la forma de
1220 comportarse de los mismos, agarra las riendas con
ambas manos y tira de ellas, como un marinero tira
hacia la empuñadura del remo, echando todo el peso
de su cuerpo hacia atrás al tirar de las correas. Y las
yeguas, mordiendo el freno forjado a fuego con las
quijadas, se lanzan con ímpetu, sin preocuparse de la
1225 mano del piloto, ni de las riendas ni del carro bien
ajustado. Y si, dirigiendo el timón78 hacia la llanura,
conseguía enderezar la carrera, el toro se ponía delante
haciéndole dar la vuelta, enloqueciendo a la cuadriga
1230 de temor. Mas si, despavoridas en su ánimo, se lanza-
76 Se refiere al promontorio de Epidauro. en donde estaba
situado el templo de Asclepio.
77 La hinchazón de las olas y la espuma que desprende se
compara con un hervor que se origina por cocción.

~ Todo este bello pasaje descriptivo se apoya en la compa-
ración metafórica entre un auriga y un piloto de una nave.
De aquí la peculiaridad del vocabulario, eminentemente ma-
rinero.

HIPÓLITO
229
ban hacia las rocas, acercándose en silencio seguía al
parapeto del carro, hasta que le hizo perder el equili-
brio y volcó, lanzando la rueda del carro contra una
roca. Todo era un montón confuso: los cubos de las 1235
ruedas volaban hacia arriba y los pernos de los ejes,
y el mismo desdichado, enredado entre las riendas,
es arrastrado, encadenado a una cadena inextricable,
golpeándose en su propia cabeza contra las rocas y
desgarrando sus carnes, entre gritos horribles de escu-
char: «¡Deteneos, yeguas criadas en mis cuadras, no 1240
me quitéis la vida! ¡Oh desdichada maldición de mi
padre! ~. ¿Quién quiere venir a salvar a este hombre
excelente?» A pesar de que muchos lo pretendíamos,
llegábamos con pie tardío. Pero él, liberándose de la
atadura, de las riendas, hechas de recortes de cuero, 1245
no sé de qué modo, cae al suelo, respirando aún un
débil hálito de vida; los caballos y el monstruo des-
dichado del toro desaparecieron no sé en qué lugar
de las rocas.
Yo soy un esclavo de tu palacio, señor, pero yo 1250
nunca podré creer que tu hijo es un malvado, ni aun-
que la raza entera de las mujeres se ahorcara, ni
aunque alguien llenara de incisiones acusadoras todos
los pinares del Ida ~, pues sé bien que es un hombre
noble.
CORIFEO. — ¡Ay, ay, se han consumado nuevas des- 1255
gracias y no hay posibilidad de liberarse del destino!
TESEO. — Por odio al que ha sufrido estas desgracias
sentí alegría ante tus palabras, mas ahora, por santo

~ Todos los comentaristas destacan la imposibilidad de que
Hipólito conociera la maldición de su padre. Ello se debe
seguramente a una negligencia del poeta.
80 Puesto que Fedra era cretense, podria uno pensar que el
poeta se refiere a los pinos del monte Ida de Creta, pero los
comentaristas estiman que se hace referencia a la cadena mon-
tañosa de la Tróade del mismo nombre, familiar al auditorio
por los poemas homéricos.

230
TRAGEDIAS
1260 temor, a los dioses y a aquél, que es mi hijo, ni ~
alegro ni me entristezco con sus desgracias.
MENSAJERO. — ¿Y ahora? ¿Debemos traerlo aquí o
qué haremos con el infeliz para agradar a tu corazón?
Piénsalo, pero si quieres tener en cuenta mis consejos,
no deberías ser cruel con tu infortunado hijo.
1265 TESEO. — Traedlo para que, viendo con mis ojos al
que ha negado mancillar mi lecho, mis palabras y
el castigo de los dioses prueben su crimen.

CoRo.
Tú sometes el corazón indomable de los dioses y
1270 de los hombres, Cipris, y con tigo el de alas multico-
lores 81, asediándolos con rápido vuelo. Él revolotea
sobre la tierra y el sonoro mar salino. Eros encanta
1275 a aquel sobre cuyo corazón enloquecido lanza su ata-
que con sus alas doradas; a las fieras de los montes y
de los mares y a todo lo que la tierra nutre y contem-
plan los aidientes rayos del Sol, y también a los hom-
1280 bres, pues tú eres la única, Cipris, que ejerces sobre
todos una majestad de reina.
Encima de palacio aparece Árternis
con el arco y las flechas.

ARTEMIS. — Te ordeno que me escuches, ilustre hilo
1285 de Egeo. Te habla Artemis, hija de Leto, Teseo. ¿Por
qué te alegras, infeliz, de haber matado impíamente a
tu hijo, habiendo creído en inciertas acusaciones, por
las engañosas palabras de tu esposa? A la luz ha salido
1290 tu locura. ¿Cómo no ocultas bajo las profundidades de
la tierra tu cuerpo cubierto de verguenza o te remon-
tas cual ave, cambiando de forma de vida, para huit
de esta desgracia? Entre la gente de bien, al menos,
1295 no hay ya lugar posible para tu vida.

SI Es un epíteto que designa a Eros.

HIPÓLITO
231
Escucha, Teseo, cómo han sobrevenido tus males,
aunque no voy a remediar nada y sólo dolor voy a
causarte; pero he venido para mostrarte que el cora-
zón de tu hijo era justo, a fin de que muera con gloria,
y la pasión amorosa de tu esposa o, en cierto modo, 1300
su nobleza. Ella, mordida por el aguijón de la más
odiada de las diosas para cuantas como yo hallamos
placer en la virginidad, se enamoró de tu hijo. Y, aun-
que intentó con su razón vencer a Cipris, pereció, sin 1305
quererlo, por las artimañas de su nodriza, que indicó
su enfermedad a tu hijo, obligándole con un jura-
mento. Y él, como hombre justo, no hizo caso de sus
consejos ni, a pesar de ser injuriado por ti, quebrantó
la fe de su juramento, pues era piadoso. Y ella, teme- 1310
rosa de ser cogida en su falta, escribió una carta enga-
ñosa y perdió con mentiras a tu hijo, pero, aun así,
consiguió convencerte.
TESEO. — ¡Ay de mí!
ARTEMIS. — ¿Te muerden mis palabras, Teseo? Tran-
quilízate, aún gemirás más oyendo lo que sigue: ¿Sabes 1315
que poseías tres maldiciones claras de tu padre? Una
de ellas la has lanzado, desdichado de ti, contra tu
propio hijo, siéndote posible lanzarla contra un ene-
migo. Tu padre, señor del mar, con buena intención te
concedió lo que debía, pues te lo había prometido.
Tú, ante aquél y ante mí, te muestras como un mal- 1320
vado, pues no esperaste la confirmación y las palabras
de los adivinos, ni a tener una prueba; ni concediste
mayor tiempo a la indagación, sino que lanzaste la
maldición contra tu hijo más rápido de lo que debías
y lo mataste.
TESEO. — ¡Señora, quisiera morir!
ARTEMIS. — Has cometido una acción terrible, mas,
Sin embargo, aún puedes alcanzar el perdón por ella. 1326
Cipris fue la que quiso que ello sucediera, para saciar
su ira. Así es la ley entre los dioses: nadie quiere
232
TRAGEDIAS
1330 oponerse al deseo de la voluntad de otro, sino que
siempre cedemos. Ten en cuenta lo siguiente: si ~
hubiera sido por temor a Zeus, yo no hubiera llegado
al punto de ignominia de dejar morir al hombre al
que, de todos los mortales, profesaba más afecto. Ea
1335 cuanto a tu falta, el desconocimiento es la primera
excusa de tu culpa y, además, el hecho de que tu es-
posa, con su muerte, destruyó toda prueba basada ea
las palabras, hasta el punto de llegar a persuadir tu
mente.
A ti es a quien más afecta el estallido de esta des-
gracia, pero yo también siento dolor. Los dioses no
1340 se alegran de la muerte de los piadosos, pero a loa
malvados los destruimQs con sus hijos y con sus casas.
CORIFEO. — He aquí que avanza el desdichado, man-
chado en su carne joven y en su rubio cabello. ¡Oh
1345 desventura de la casa, qué doble infortunio se ha cum-
plido en palacio, enviado por los dioses! (Hipólito apa-
rece cubierto de sangre en brazos de sus compañeros.)
HIPÓLITO. — ¡Ay, ay, ay, ay! ¡Desdichado de mí! ¡Me
ha arruinado la injusta maldición de un padre injustol
1350 ¡Estoy muerto, desdichado, ay de mí! Los dolores
traspasan mi cabeza, la convulsión se lanza sobre ml
cerebro. (A los sirvientes que lo acompañan.) Párate,
deseo descansar mi cuerpo destrozado. (Los servidores
íass se detienen.) ¡Ay, ay, odioso carro de caballos, ali-
mento de mi propia mano, me has aniquilado, me has
matado! (A los servidores que continúan la marcha.>
¡Ay, ay, por los dioses, con suavidad tocad con VUeS-
13W tras manos, siervos, mi cuerpo lacerado! ¿Quién se
detenido a mi lado derecho? Levantadme con cuidado,
arrastrad al unísono al desdichado, maldito por el
extravio de su padre. Zeus, Zeus, ¿ves mi situación?
1365 Yo el santo y el devoto de los dioses, yo que avent
jaba a todos en virtud, desciendo hacia el inevita
Hades, habiendo destruido por completo mi vida;
HIPÓLITO
233
vano practiqué entre los hombres las penosas obliga-
ciones de la piedad. (Se le extiende 50bre un lecho.)
¡Ay, ay, vuelve el dolor, me vuelve! ¡Ve jadme a mi, 1370
desdichado! ¡Ojalá me venga la Muerte Sanadora! ~.
¡Acabad conmigo, matad al infortunado! ¡Deseo una 1375
lanza de doble filo, para clavármela y sumir mi vida
en un sueño! ¡Oh funesta maldición de mi padre! De
parientes manchados por el crimen y de antepasados 1380
antiguos arranca mi desgracia y no se demora. Se ha
abatido sobre mí, ¿por qué sobre un inocente de toda
culpa? ¡Ay de mí, ay! ¿Qué haré? ¿Cónio liberaré mi
vida de este sufrimiento insoportable? ¡Ojalá me dur- 1386
miera, desdichado, el negro y sombrío imperio de
Hades!
ARTEMIS. — ¡Desdichado, qué desgracias te han sub-
yugadol La nobleza de tu corazón te ha perdidO. 1390
HIPÓLITO. — ¡Oh, oh oloroso efluvio div’inoI Incluso
entre mis males te he sentido y mi cuerpo se ha ali-
viado. En estos lugares se encuentra la diosa Artemis.
ARTEMIS. — ¡Desdichado, aquí está la que más te
quiere de las diosas!
HIPÓLITO. — ¿Ves, señora, en qué situación me en- 1395
cuentro, miserable de mi?
ARTEMIS. — Te veo, pero no está permitido a mis
ojos derramar lágrimas.
HIPÓLITO. — Ya no vive tu cazador, ni tu siervo...
ARTEMIS. — No en verdad, pero mi amor te acom-
paña en tu muerte.
HIPÓLITO. — Ni el que cuidaba tus caballos ni el
guardián de tus estatuas.
ARTF.MIS. — La malvada Cipris así lo tramó. 1400
‘~ .Sanador’ es el epíteto común de Apolo, considerado mé-
dico de los dioses y de los hombres, pero aquí se aplica a la
Muerte (masculino en griego), que, para Hipólito. en esos mo-
mentos, es su salvación.
234
TRAGEDIAS
HIPÓLITO. — ¡Ay de mí, bien comprendo qué dio,.
me ha destruido!
ÁRTEMIS. — Se disgustó por tu falta de conside~.a-
ción y te odió por tu castidad.
HIPÓLITO. — Ella sola nos perdió a nosotros tres,
bien lo ves.
ARTEMIS. — Sí, a tu padre, a ti y a su esposa.
1405 HIPÓLITO. — Lloro también las desgracias de ¡ni pa-
dre.
ARTEMIS. — Fue engañado por los designios de una
divinidad.
HIPÓLITO. — ¡Oh desdichado por tu desgracia, pa-
dre!
TESEO. — Estoy muerto, hijo, y no tengo alegría de
vivir.
HIPÓLITO. — Lloro más por ti que por mí, a causa
de tu error.
1410 TESEO. — ¡Ay si pudiera estar muerto en tu lugar,
hijo!
HIPÓLITO. — ¡Oh amargos dones de tu padre Posi-
dón!
TESEO. — ¡Que nunca debían haber llegado a mis
labios!
HIPÓLITO. — ¿Y qué?, del mismo modo me habrías
matado, tan encolerizado como estabas entonces.
TESEO. — Los dioses me habían arrebatado la razón.
1415 HIPÓLITo. — ¡Ay, si la estirpe humana pudiera mal-
decir a los dioses!
ARTEMIS. — Déjalo ya, pues ni siquiera bajo la tinie-
bla de la tierra 83 quedarán impunes los golpes de
cólera que cayeron sobre tu cuerpo por voluntad de
1420 la diosa Cipris, debido a tu piedad y sensatez. Yo, con
mi propia mano, al mortal que a ella le sea más que-
rido castigaré con mis dardos inevitables. Y a ti, des-

83 Es decir, aunque tu te encuentres muerto.

HIPÓLITO
235
dichado, en compensación de tus males, te concederé
los mejores honores en la ciudad de Trozén. Las mu- í~~s
chachas, antes de uncirse al yugo del matrimonio,
cortarán sus cabellos en tu honor y durante mucho
tiempo recibirás el fruto del dolor de sus lágrimas.
Inspirándose en ti las virgenes compondrán siempre
sus cantos y el amor que Fedra sintió por ti no caerá 1430
en el silencio del olvido.
Y tú, hijo der anciano Egeo, coge a tu hijo en tus
brazos y estréchalo contra tu pecho, pues lo mataste
contra tu voluntad. Es natural que los humanos se
equivoquen, cuando lo quieren los dioses. A ti te acon- 1435
sejo que no odies a tu padre, Hipólito, pues conoces
el destino que te ha perdido.
Y ahora, adiós, pues no me está permitido ver cadá-
veres ni mancillar mis ojos con los estert~res de los
agonizantes y veo que tú estás ya cerca de ese trance.
HIPÓLITO. — ¡Parte tú también con mis saludos, 1440
doncella feliz! Con facilidad abandonas mi largo trato.
Destruyo el resentimiento contra mi padre, según tu
deseo, pues antes también obedecía a tus palabras.
¡Ay, ay, sobre mis ojos desciende ya la oscuridad!
¡Cógeme, padre, y endereza mi cuerpo! 1445
TESEO. — ¡Ay de mí, hijo!, ¿qué haces conmigo,
desdichado de mí?
HIPÓLITo. — Estoy muerto y veo las puertas de los
infiernos.
TESEO. — ¿Vas a dejar mi mano impura?
HIPÓLITO. — No, tenlo por seguro. Yo te libero de
este crimen.
TESEO. — ¿Qué dices? ¿Me liberas de mi delito de 1450
sangre?
HIPÓLITO. — Te pongo por testigo a Artemis, la que
subyuga con su arco.
TESEO. — ¡Hijo queridísimo, qué noble te muestras
con tu padre!
1
E’
236
TRAGEDIAS
HIPÓLITO. — ¡Pide que tus hijos legítimos sean se-
mejantes a mí!
TESEO. — ¡Ay de mí, corazón piadoso y bueno!
us., HIPÓLITO. — ¡Adiós, adiós una vez más, padre nilo!
TESEO. — ¡No me abandones, hijo, haz un esfuerzo!
HIPÓLITO. — Mis esfuerzos han terminado: estoy
muerto, padre. Cúbreme el rostro lo más rápido que
puedas con un manto. (Muere.)
TESEO. — ¡Ilustres confines de Atenas y de Palas U,
í~o qué hombre habéis perdido! ¡Oh desdichado de mí!
¡Cuántas veces voy a recordar los sufrimientos que
me has enviado, Cipris!
CORO. — Este dolor comán llegó inesperadamente a
todos tos ciudadanos. Será arroyo de infinitas lágrimas.
1465 Las noticias luctuosas, cuando se refieren a los pode-
rosos, más tiempo ejercen su poder.


INTRODUCCIONES, TRADUCCIÓN Y NOTAS DE
ALBERTO MEDINA GONZÁLEZ
Y
JUAN ANTONIO LÓPEZ FÉREZ. Madrid: Gredos, 2000.

12 sept. 2017

The moon in the bureau mirror


The moon in the bureau mirror
looks out a million miles
(and perhaps with pride, at herself,
but she never, never smiles)
far and away beyond sleep, or
perhaps she's a daytime sleeper.

By the Universe deserted,
she'd tell it to go to hell,
and she'd find a body of water,
or a mirror, on which to dwell.
So wrap up care in a cobweb
and drop it down the well

into that world inverted
where left is always right,
where the shadows are really the body,
where we stay awake all night,
where the heavens are shallow as the sea
is now deep, and you love me. 



Elizabeth Bishop


Insomnia


La luna en el espejo del tocador
vigila millones de millas
(y tal vez con orgullo, de sí misma,
pero nunca, nunca sonríe)
allá lejos y más allá del sueño, o
tal vez es de las que duermen de día.

Por el Universo desolado,
ella le diría que se fuera al infierno,
y encontraría un cuerpo de agua,
o un espejo, donde habitar.
Entonces, envolvé la inquietud en telarañas
y dejala caer al aljibe

a ese mundo invertido
donde la izquierda es siempre la derecha
donde las sombras son en realidad el cuerpo,
donde nos quedamos despiertas toda la noche,
donde los cielos son bajos como el mar
es profundo ahora, y vos me amás.

Traducción de Eloísa Figueredo
 
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28 ago. 2017

27 ago. 2017

Hipias Mayor

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Platón
HIPIAS MAYOR
INTRODUCCIÓN
El Hipias Mayor es un diálogo aporético: el problema planteado queda
sin resolver al finalizar la discusión. Tiene una extensión de casi el
doble que el Hipias Menor, y este dato es, sin duda, suficiente para explicar
los adjetivos comparativos que sirven para distinguir un diálogo
del otro. Aunque en la Antigüedad no existió problema sobre la autenticidad
de este diálogo, algunos filólogos han puesto en duda, en los
dos últimos siglos, la atribución de este diálogo a Platón. Parece tan difícil
admitir las objeciones alegadas, como creer ciegamente en la autenticidad
del diálogo. En todo caso, esta obra figurará siempre en el
corpus platónico, porque, a pesar de los problemas que pueda suscitar
su atribución a la pluma de Platón, es una obra de corte platónico en lo
literario, en lo filosófico y en la forma general del tratamiento del tema.
La cuestión discutida en este diálogo es la de lo bello en sí mismo, la
esencia que debe subyacer a todas las cosas bellas para que sean bellas.
En principio podría parecer que se trata de un estudio independiente
sobre este tema al que más tarde el autor le hubiera asignado los nombres
de Hipias y Sócrates para defender las partes, y al que hubiera colocado
una bella y artística introducción que va hasta 286c, donde empieza
el verdadero tema del diálogo. Hásta tal punto la parte dedicada al
tema de lo bello en sí constituye un. bloque bien caracterizado. Sin embargo,
los dialogantes no pueden ser otros que Sócrates e Hipias. En el
caso de Sócrates, no hay la menor duda. La introducción de ese personaje
de carácter áspero en la búsqueda de la verdad, precisamente desde
las primeras lineas en que se aborda el tema de lo bello, así como su
constante presencia a lo largo de todo el resto del diálogo, nos demuestran
que el tema está tratado desde el supuesto de que Sócrates es un
interlocutor obligado. Quizá no parece tan obligado que el otro interlocutor
haya de ser Hipias, pero la verdad es que el personaje está perfilado
muy frecuentemente y muy bien. Es imposible en el diálogo tomar
el tema separándolo de los interlocutores; la trabazón es completa. Es
claro que el tema del diálogo podría haberse tratado con dialogantes no
caracterizados, pero en el caso de este diálogo se puede decir que no ha
sido escrita una sola línea sin tener presente que los que dialogaban
eran, precisamente, Sócrates e Hipias.
Admitido lo que precede, como no puede ser por menos, comprobamos
que la bella parte introductiva está, concretamente, destinada a la
caracterización de los dos personajes, especialmente de Hipias, puesto
que Sócrates aparece diseñado por contraste y, además, es ya un personaje
canónico. Nos encontramos, pues, con un diálogo completamente
trabado desde el principio hasta el fin con unidad interna precisa. Dos
rasgos llaman, sin embargo, la atención: la ironía y la agresividad. Se
trata sólo de una distinción de grado. Los dos personajes se expresan
con más dureza de la habitual. La irritación de Hipias y la dura ironía
de Sócrates desde 300c hasta 302a, así como las últimas palabras de
Hipias en 304a, dejan una impresión de agresividad que no aparece en
otros diálogos. Sin duda, hay más pasión, por ejemplo, en la discusión
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de Calicicles con Sócrates en el Gorgias, pero ese apasionamiento, e
incluso irritación, no deja la impresión de la enemistad a flor de piel
que se observa en nuestro diálogo. La ironía de Sócrates, antes aún de
entrar en el tema de lo bello, no es una ironía contra los argumentos sino
contra la persona, cuya descalificación se busca.
Es difícil explicarse por qué Platón decidió enfrentar dos veces, como
únicos dialogantes, a Sócrates y a Hipias. No lo ha hecho con Protágoras
ni con Gorgias, sofistas más representativos que Hipias. Puede
ser que no quisiera volver a tocar a Protágoras, muerto casi un tercio de
siglo antes de que Platón pudiera tener la idea de dar su nombre a un
segundo diálogo. Gorgias era ya un anciano de cerca de 100 años al que
no parecía oportuno hacer aparecer de nuevo en un diálogo. En cambio,
Hipias era más joven y, durante algún tiempo, cuando ya Gorgias era
muy viejo, debió de ser el sofista de más prestigio. Nuevamente, como
en el Hipias Menor, se trata a este sofista muy por debajo de sus méritos
reales. La imagen que nos llega a través de los dos diálogos resalta
los defectos de Hipias -que ciertamente debió de ser un pozo de vanidad-
sin hacer visibles sus notables méritos. Un juicio sobre Hipias
sacado de su actuación en los dos diálogos citados tendría algo que ver
con una parte de la realidad, pero no daría la medida de lo que realmente
fue este sofista. Es curioso considerar que, si es cierto que Platón
le dedicó dos diálogos, las dos veces lo haya tratado del mismo modo.
El Hipias Mayor ha dado lugar a la discusión de si el concepto de lo
bello en sí, es decir, el que las cosas bellas son bellas por la presencia
de lo bello, no es ya el comienzo de la teoría platónica de las ideas. Una
afirmación semejante aparece en el Eutifrón 6d. Parece evidente que,
de la pura abstracción socrática a la «teoría de las ideas», hay una vía
en la que sería difícil determinar un punto exacto en el que se produzca
el término de la una y el comienzo de la otra. Es el contexto general de
un diálogo el que permite afirmar qué expresiones de este tipo deben
ser tomadas en uno u otro sentido. El contexto de Hipias Mayor no da
lugar a pensar que Platón se haya desprendido todavía de los moldes
socráticos.
NOTA SOBRE LA TRADUCCION
Para la versión española se ha seguido el texto de BURNET, Platonis
Opera, vol. III, Oxford, 1903 (reimpresión, 1974).
HIPIAS MAYOR
SÓCRATES, HIPIAS
SÓCRATES. -Elegante y sabio Hipias, ¿cuánto tiempo hace que no
has venido a Atenas?
HIPIAS. -No tengo tiempo, Sócrates. Cuando Élide tiene que negociar
algo con alguna ciudad, siempre se dirige a mí en primer lugar entre
los ciudadanos y me elige como embajador, porque considera que
soy el más idóneo juez y mensajero de las conversaciones que se llevan
a cabo entre las ciudades. En efecto, en muchas ocasiones he ido como
embajador a diversas ciudades, pero las más de las veces, por muchos e
importantes asuntos, he ido a Lacedemonia; por lo cual, y vuelvo a tu
pregunta, no vengo con frecuencia a estos lugares.
Sóc. -Esto es ser de verdad un hombre sabio y perfecto, Hipias. Lo
digo, porque tú eres capaz de recibir privadamente mucho dinero de los
jóvenes y de hacerles un beneficio mayor del que tú recibes, y también
porque eres capaz, públicamente, de prestar servicios a tu ciudad, como
281a
b
c

debe hacer un hombre que está dispuesto a no ser tenido en menos, sino
a alcanzar buena opinión entre la mayoría. Ahora, Hipias, ¿cuál es
realmente la causa de que los antiguos, cuyos nombres son famosos por
su sabiduría: Pítaco, Bías, Tales de Mileto y los de su escuela, e incluso
los más recientes hasta Anaxágoras, todos o casi todos, se hayan mantenido
alejados de los asuntos públicos?
Hip. - ¿Qué otra razón crees, Sócrates, sino que eran débiles e incapaces
de llegar con su espíritu a ambas cosas, la actividad pública y la
privada?
Sóc. -Luego, por Zeus, así como las otras artes han progresado y, en
comparación con los artesanos de hoy, son inhábiles los antiguos, ¿así
también debe mos decir que vuestro arte de sofistas ha avanzado y que
son inferiores a vosotros los antiguos sabios?
Hip. - Hablas muy acertadamente.
Sóc. - Por tanto, Hipias, si ahora resucitara Bías, se expondría a la risa
frente a vosotros, del mismo modo que los escultores dicen que Dédalo,
si viviera ahora y realizara obras como las que le hicieron famoso,
quedaría en ridículo.
Hip. - Así es, Sócrates, como tú dices. Sin embargo, yo acostumbro a
alabar antes y más a los antiguos y a los anteriores a nosotros que a los
de ahora, para evitar la envidia de los vivos y por temor al enojo de los
muertos.
Sóc. - Piensas y reflexionas acertadamente, según creo. Puedo añadir
a tu idea mi testimonio de que dices verdad y de que, en realidad,
vuestro arte ha progresado en lo que se refiere a ser capaces de realizar
la actividad pública junto con la privada. En efecto, Gorgias, el sofista
de Leontinos, llegó aquí desde su patria en misión pública, elegido embajador
en la idea de que era el más idóneo de los leontinos para negociar
los asuntos públicos; ante el pueblo, dio la impresión de que hablaba
muy bien, y en privado, en sesiones de exhibición y dando lecciones
a los jóvenes, consiguió llevarse mucho dinero de esta ciudad. Y si
quieres otro caso, ahí está el amigo Pródico; ha venido muchas veces en
otras ocasiones para asuntos públicos, y la última vez, recientemente,
llegado desde Ceos en misión pública, habló en el Consejo y mereció
gran estimación, y en privado, en sesiones de exhibición y dando lecciones
a los jóvenes, recibió cantidades asombrosas de dinero. Ninguno
de aquellos antiguos juzgó nunca conveniente cobrar dinero como remuneración
ni hacer exhibiciones de su sabiduría ante cualquier clase
de hombres. Tan simples eran, y así les pasaba inadvertido cuán digno
de estimación es el dinero. Cada uno de éstos de ahora saca más dinero
de su saber, que un artesano, sea el que sea, de su arte, y más que todos,
Protágoras.
Hip. - No conoces lo bueno, Sócrates, acerca de esto. Si supieras
cuánto dinero he ganado yo, te asombrarías. No voy a citar otras ocasiones,
pero una vez llegué a Sicilia, cuando Protágoras se encontraba
allí rodeado de estimación, y, siendo él un hombre de más edad y yo
muy joven, en muy poco tiempo recibí más de ciento cincuenta minas;
de un solo lugar muy pequeño, de Inico, más de veinte minas. Llegando
a casa con ese dinero se lo entregué a mi padre, y él y los demás de la
ciudad quedaron asombrados e impresionados. En resumen, creo que
yo he ganado más dinero que otros dos sofistas cualesquiera juntos, sean
los que sean.
Sóc. -Muy bien, Hipias; es una gran prueba de tu sabiduría y de la
sabiduría de los hombres de ahora en comparación con los antiguos y
de cuán diferentes eran éstos. Según tus palabras, era grande la ignorancia
de los antiguos. Dicen que a Anaxágoras, por ejemplo, le aconteció
d
282a
d
e
283a

lo contrario. Habiéndole dejado en herencia mucho dinero, no lo cuidó
y lo perdió todo; tan neciamente ejercía la sofística. Dicen también cosas
semejantes de otros antiguos. Me parece que con esto aportas un
buen testimonio de la sabiduría de los actuales en comparación con la
de los de antes, y es opinión de muchos que el verdadero sabio debe ser
sabio para sí mismo y que, por tanto, es sabio el que más dinero gana.
Sea ya suficiente lo dicho. Respóndeme a este punto. ¿De cuál, de entre
las muchas ciudades a las que vas, has conseguido más dinero? ¿Es
quizá evidente que de Lacedemonia, adonde has ido con mayor frecuencia?
Hip. - No, por Zeus, Sócrates.
Sóc. - ¿Qué dices? ¿De dónde menos?
Hip. - Nunca nada, en absoluto.
Sóc. -Dices algo prodigioso y extraño, Hipias. Díme, ¿acaso tu sabiduría
no es capaz de hacer mejores para la virtud a los que están en
contacto con ella y la aprenden?
Hip. - Sí, mucho, Sócrates.
Sóc. - ¿Es que eres capaz de hacer mejores a los hijos de los habitantes
de Inico, y te es imposible hacerlo con los hijos de los espartiatas?
Hip. - Está lejos de ser así, Sócrates.
Sóc. - ¿Es que, realmente, los siciliotas desean hacerse mejores, y los
lacedemonios no?
Hip. - En absoluto; también los lacedemonios, Sócrates.
Sóc. - ¿Acaso evitaron tu enseñanza . por falta de dinero?
Hip. -Sin duda no, puesto que lo tienen en abundancia.
Sóc. - ¿Qué razón puede haber, entonces, para que, deseándolo ellos
y teniendo dinero, y siendo tú capaz de reportarles la mayor utilidad, no
te hayan despedido cargado de dinero? Quizá sea esta otra razón, ¿acaso
los lacedemonios no darían educación a sus hijos mejor que tú?
¿Debemos decir esto así y tú estás de acuerdo?
Hip. -De ningún modo.
Sóc. - ¿Acaso no eras capaz de convencer a los jóvenes en Lacedemonia
de que progresarían más recibiendo tus lecciones que las de sus
conciudadanos, o no te fue posible persuadir a sus padres de que debían
confiártelos a ti, en lugar de ocuparse ellos de sus hijos, si es que tienen
interés por ellos? Pues no creo que impidieran por envidia que sus hijos
se hicieran mejores.
Hip. -Tampoco yo creo que por envidia.
Sóc. -Sin embargo, Lacedemonia tiene buenas leyes.
Hip. - Ciertamente.
Sóc. - Pues en las ciudades con buenas leyes, lo más apreciado es la
virtud.
Hip. -Sin duda.
Sóc. - Y tú sabes transmitirla a otros mejor que nadie.
Hip. -Con mucho, Sócrates.
Sóc.-Ciertamente, el que mejor sabe transmitir el arte de la hípica,
¿acaso no sería apreciado en Tesa lia más que en el resto de Grecia y
recibiría más dinero, y lo mismo en cualquier parte donde se tomara
con interés este arte?
Hip. -Eso parece.
Sóc. -El que es capaz de proporcionar las más valiosas enseñanzas
para la virtud, ¿no alcanzará los mayores honores y ganará, si quiere, la
mayor cantidad de dinero en Lacedemonia y en cualquier ciudad griega
que tenga buenas leyes? ¿O tú crees, amigo, que más bien en Sicilia y
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en la ciudad de Inico? ¿Debemos creer eso, Hipias? Pues, si tú lo aconsejas,
debo hacerte caso.
Hip. - No es tradición de los lacedemonios, Sócrates, cambiar las leyes
ni educar a sus hijos contra las costumbres.
Sóc. -¿Qué dices? ¿No es tradición para los lacedemonios obrar rectamente,
sino erróneamente?
Hip. - Yo no lo afirmaría, Sócrates.
Sóc. - ¿No es verdad que obrarían rectamente educando a los jóvenes
mejor, en vez de hacerlo peor?
Hip. - Sí, rectamente. Pero no es legal para ellos dar una educación
que venga del extranjero; puesto que, sábelo bien, si algún otro, alguna
vez, recibiera dinero allí por la educación, yo recibiría mucho más. Por
lo menos, les gusta oírme y me alaban; pero, como digo, no es esa la
ley.
Sóc. -¿Dices tú, Hipias, que la ley es un perjuicio, o un beneficio para
la ciudad?
Hip. - Se establece, creo yo, para beneficio, pero alguna vez también
perjudica, cuando la ley se hace mal.
Sóc. - ¿Qué podemos decir? ¿Los legisladores no establecen la ley en
la idea de que es el mayor bien para la ciudad y de que sin ella es imposible
gobernar en buen orden?
Hip. -Dices la verdad.
Sóc. -Luego, cuándo los que intentan establecer las leyes no alcanzan
el bien, tampoco alcanzan lo justo ni la ley. ¿Qué dices tú?
Hip. -Con un razonamiento exacto, Sócrates, así es; sin embargo, la
gente no suele expresarlo así.
Sóc. - ¿Quiénes, Hipias, los que saben, o los que no saben?
Hip. - La mayoría de los hombres.
Sóc. - ¿Son éstos, la mayoría, los que conocen la verdad?
Hip. -De ningún modo.
Sóc. - Pero, al menos, los que saben consideran que, en verdad, es
más propio de la ley para todos los hombres producir beneficio, que
perjuicio. ¿No estás de acuerdo?
Hip. -Sí, estoy de acuerdo en que en verdad eso es más propio de la
ley.
Sóc. - ¿Luego esa es la verdad y es así como creen los que saben?
Hip. -Sin duda.
Sóc. - De todos modos, para los lacedemonios, como tú dices, es más
beneficioso recibir la educación dada por ti, aun siendo ésta extranjera,
que recibir la de su propio país.
Hip. - Y digo la verdad.
Sóc. -E, incluso, que lo más beneficioso es lo más propio de la ley,
¿dices también eso, Hipias?
Hip. -Lo he dicho, en efecto.
Sóc. -Luego, según tu razonamiento, para los hijos de los lacedemonios
es más propio de la ley recibir la educación de Hipias y es contra
la ley recibirla de sus padres, puesto que, en realidad, van a recibir más
beneficio de ti.
Hip. -Ciertamente lo van a recibir, Sócrates.
Sóc. -Luego infringen la ley los lacedemonios no dándote dinero ni
confiándote a sus hijos.
Hip. -Estoy de acuerdo en esto; pues me parece que hablas en mi favor
y no debo oponerme.
Sóc. - Así pues, amigo, encontramos que los lacedemonios infringen
la ley y, aún más, lo hacen en asunto de máxima importancia; ellos, que
parecen ser los más respetuosos de la ley. Pero, por los dioses, Hipias,
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te alaban y les gusta oír lo que tú expones. ¿Qué es ello? ¿Es, sin duda,
lo que tan bellamente sabes, lo referente a los astros y los fenómenos
celestes?
Hip. - De ningún modo, eso no lo soportan.
Sóc. - ¿Les gusta oírte hablar de geometría?
Hip. - De ningún modo, puesto que, por así decirlo, muchos de ellos
ni siquiera conocen los números.
Sóc.-Luego están muy lejos de seguir una disertación tuya sobre cálculo.
Hip. - Muy lejos, sin duda, por Zeus.
Sóc. - ¿Les hablas, por cierto, de lo que tú sabes distinguir con mayor
precisión que nadie, del valor de las letras, de las sílabas, de los ritmos
y las armonías?
Hip. - ¿De qué armonías y letras, amigo?
Sóc. - ¿Qué es, ciertamente, lo que ellos te escuchan con satisfacción
y por lo que te alaban? Dímelo tú mismo, ya que yo no consigo dar con
ello.
Hip. - Escuchan con gusto lo referente a los linajes, los de los héroes
y los de los hombres, Sócrates, y lo referente a las fundaciones de ciudades,
cómo se construyeron antiguamente y, en suma, todos los relatos
de cosas antiguas, hasta el punto de que yo mismo he tenido que estudiar
y practicar a fondo todos estos temas.
Sóc. -Por Zeus, suerte tienes, Hipias, de que los lacedemonios no
sientan gusto en que se les recite la nómina de nuestros arcontes desde
Solón; de ser así, tendrías buen trabajo para aprendértela.
Hip. - ¿De qué, Sócrates? Si oigo una sola vez cincuenta nombres,
los recuerdo.
Sóc. - Es verdad; no tenía en cuenta que tú dominas la mnemotecnia.
Así que supongo que, con razón, los lacedemonios lo pasan bien contigo,
que sa bes muchas cosas, y te tienen, como los niños a las viejas,
para contarles historias agradables.
Hip. - Sí, por Zeus, Sócrates; al tratar de las bellas actividades que
debe un joven ejercitar, hace poco fui muy alabado allí. Acerca de ello
tengo un discurso muy bellamente compuesto, bien elaborado sobre todo
en la elección de las palabras. Éste es, poco más o menos, el argumento
y el comienzo. Después de que fue tomada Troya, dice el discurso
que Neoptólemo preguntó a Néstor cuáles eran las actividades buenas
que, al ejercitarlas en la juventud, harían que un hombre alcanzara
la mayor estimación. A continuación, habla Néstor y le propone numerosas
actividades bellas y de acuerdo con las costumbres. He expuesto
este discurso en Lacedemonia y tengo la intención de exponerlo aquí,
pasado mañana, en la escuela de Fidóstrato, así como otros temas que
merecen oírse. Me lo ha pedido Éudico, el hijo de Apemanto. Procura
estar allí tú y llevar a otros que sean capaces de escuchar y juzgar lo
que yo diga.
Sóc. -Así será, Hipias, si lo quiere la divinidad. Sin embargo, respóndeme
ahora brevemente sobre esta cuestión, pues me lo has recordado
con oportunidad. Recientemente, Hipias, alguien me llevó a una situación
apurada en una conversación, al censurar yo unas cosas por feas y
alabar otras por bellas, haciéndome esta pregunta de un modo insolente:
«¿De dónde sabes tú, Sócrates, qué cosas son bellas y qué otras son feas?
Vamos, ¿podrías tú decir qué es lo bello?» Yo, por mi ignorancia,
quedé perplejo y no supe responderle convenientemente. Al retirarme
de la conversación estaba irritado conmigo mismo y me hacía reproches,
y me prometí que, tan pronto como encontrara a alguno de vosotros,
los que sois sabios, le escucharía, aprendería y me ejercitaría, e
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iría de nuevo al que me había hecho la pregunta para volver a empezar
la discusión. En efecto, ahora, como dije, llegas con oportunidad. Explícame
adecuadamente qué es lo bello en sí mismo y, al responderme,
procura hablar con la máxima exactitud, no sea que, refutado por segunda
vez, me exponga de nuevo a la risa. Sin duda, tú lo conoces claramente
y éste es un conocimiento insignificante entre los muchos que
tú tienes.
Hip. -Sin duda insignificante, por Zeus, Sócrates, y sin importancia
alguna, por así decirlo.
Sóc. -Luego lo aprenderé fácilmente y ya nadie me refutará.
Hip. - Ciertamente, nadie; de lo contrario, sería mi saber desdeñable
y al alcance de cualquiera.
Sóc. - Buenas son tus palabras, por Hera, Hipias, si vamos a dominar
a ese individuo. Pero, ¿no hay inconveniente en que yo lo imite y que,
cuando tú respondas, objete los razonamientos? En efecto, tengo alguna
práctica de esto. Si no te importa, quiero hacerte objeciones para aprender
con más seguridad.
Hip. -Pues bien, hazlo. En efecto, como decía ahora, la cuestión no es
importante y yo podría enseñarte a responder a preguntas incluso mucho
más difíciles que ésta, de modo que ningún hombre sea capaz de
refutarte.
Sóc. - ¡Ay, qué bien hablas! Pero, puesto que tú me animas, me voy a
convertir lo más posible en ese hombre y voy a intentar preguntarte.
Porque, si tú le expusieras a él este discurso que dices sobre las ocupaciones
bellas, te escucharía y, en cuanto terminaras de hablar, no te
preguntaría más que sobre lo bello, pues tiene esa costumbre, y te diría:
«Forastero de Élide, ¿acaso no son justos los justos por la justicia?»
Responde, Hipias, como si fuera él el que te interroga.
Hip. -Responderé que por la justicia.
Sóc.-Luego ¿existe esto, la justicia?
Hip. -Sin duda.
Sóc. -Luego también los sabios son sabios por la sabiduría y todas las
cosas buenas lo son por el bien.
Hip. - ¿Cómo no?
Sóc. - Por cierto, estas cosas existen, pues no sería así, si no existieran.
Hip. -Ciertamente, existen.
Sóc. - ¿Acaso las cosas bellas no son bellas por lo bello?
Hip. -Sí, por lo bello.
Sóc. - ¿Existe lo bello?
Hip. -Existe. ¿Cómo no va a ser así?
Sóc. - Dirá él: «Dime, forastero, ¿qué es lo bello?»
Hip. - ¿Acaso el que hace esta pregunta, Sócrates, quiere saber qué es
bello?
Sóc. - No lo creo, sino qué es lo bello, Hipias.
Hip. - ¿Y en qué difiere una cosa de otra?
Sóc. - ¿Te parece que no hay ninguna diferencia?
Hip. - Ciertamente, no hay ninguna.
Sóc. -Sin embargo, es evidente que tú lo sabes mejor. A pesar de eso,
amigo, reflexiona. No te pregunta qué es bello, sino qué es lo bello.
Hip. -Ya entiendo, amigo; voy a contestarte qué es lo bello y es seguro
que no me refutará. Ciertamente, es algo bello, Sócrates, sábelo bien,
si hay que decir la verdad, una doncella bella.
Sóc. - ¡Por el perro, Hipias, que has contestado bella y brillantemente!
¿Es cierto que, si respondo eso, habré contestado a la pregunta correctamente
y que no hay riesgo de que se me refute?
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Hip. - ¿Cómo podrías ser refutado, Sócrates, en una cosa en la que
todos los hombres piensan lo mismo y todos los oyentes confirmarían
que tienes razón?
Sóc. - Bien, ciertamente lo harán. Deja, Hipias, que yo examine para
mis adentros lo que dices. Nuestro hombre me hará, poco más o menos,
esta pregunta: « ¡Ea!, Sócrates, contesta. ¿Todas las cosas que tu afirmas
que son bellas, sólo son bellas si existe lo bello en sí mismo?» Yo
diré que si una doncella hermosa es una cosa bella, hay algo por lo que
estas cosas son bellas.
Hip. - ¿Crees, en efecto, que él intentará aún argumentar que no es
bello lo que tú dices y que, si lo intenta, no quedará en ridículo?
Sóc. - Sé bien que lo intentará, admirable amigo. El resultado nos
mostrará si va a quedar en ridículo al intentarlo. Quiero manifestarte lo
que él nos va a decir.
Hip. -Dilo ya.
Sóc. - «¡Qué agradable eres, Sócrates!, dirá él. ¿No es algo bello una
yegua bella a la que, incluso, el dios ha alabado en el oráculo?» ¿Qué le
contestaremos, Hipias? ¿No es cierto que debemos decir que también le
yegua, la que es bella, es algo bello? ¿Cómo nos atreveríamos a negar
que lo bello no es bello?
Hip. - Tienes razón, Sócrates, puesto que también el dios dice esto
con verdad. En efecto, en mi tierra hay yeguas muy bellas.
Sóc. - «Sea, dirá él. ¿Y una lira bella no es algo bello?» ¿Decimos
que sí, Hipias?
Hip. - Sí.
Sóc. -Él dirá a continuación, y lo sé casi seguro fundándome en su
modo de ser: « ¿Y una olla bella, no es acaso algo bello?
Hip. -Pero, ¿quién es ese hombre, Sócrates? Un mal educado para
atreverse a decir palabras vulgares en un tema serio.
Sóc. - Así es él, Hipias, desatildado, grosero, sin otra preocupación
que la verdad. Pero, sin embargo, hay que responderle, y yo me adelanto
a hacerlo. Si un buen alfarero hubiera dado forma a la olla, alisada,
redonda y bien cocida, como algunas bellas ollas de dos asas, de las
que caben seis coes, tan bellas, si preguntara por una olla así, habría que
admitir que es bella. ¿Cómo diríamos que no es bello lo que es bello?
Hip. -De ningún modo, Sócrates.
Sóc. - « ¿También, dirá él, una olla bella es algo bello?» Contesta.
Hip. - Así es, Sócrates, creo yo. También es bella esta vasija si está
bien hecha, pero, en suma, esto no merece ser juzgado como algo bello
en comparación a una yegua, a una doncella y a todas las demás cosas
bellas.
Sóc. - Está bien. Ya comprendo, Hipias, que entonnosotros debemos
responder lo siguiente al que nos hace tal pregunta. «Amigo, tú ignoras
que es verdad lo que dice Heraclito, que, sin duda, el más bello de los
monos es feo en comparación con la especie humana y que la olla más
bella es fea en comparación con las doncellas, según dice Hipias, el sabio
». ¿No es así, Hipias?
Hip. - Exactamente, Sócrates; has respondido correctamente.
Sóc. -Escucha. Yo sé que tras esto él dirá: «Pero ¿qué dices, Sócrates?
Si alguien compara a las doncellas con las diosas, ¿no experimentará
lo mismo que al comparar las ollas con las doncellas? ¿No es cierto
que la doncella más bella parecerá fea? ¿Acaso no dice también Heraclito,
a quien tú citas, que el hombre más sabio comparado con los dioses
parece un mono en sabiduría, en belleza y en todas las demás cosas?
» ¿Debemos admitir, Hipias, que la doncella más bella es fea en
comparación con las diosas?
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Hip. - ¿Quién podría oponerse a eso, Sócrates?
Sóc. - Pues bien, si admitimos esto, se reirá y dirá: «¿Tienes presente,
Sócrates, lo que se te preguntó?» Yo le diré que se me preguntaba qué
era realmente lo bello en sí mismo. A continuación él dirá: «¿Se te pregunta
por lo bello y tú respondes con lo que precisamente no es más
bello que feo, según tú mismo dices?». «Así parece», diré yo. ¿Es que
tú me aconsejas decir algo, amigo?
Hip. -Digo eso mismo; y, ciertamente, él dirá verdad al decir que con
relación a los dioses la raza humana no es bella.
Sóc. - « Si te hubiera preguntado desde el principio, dirá él, qué cosa
es bella y a la vez fea y tú me hubieras respondido lo que ahora, habrías
contestado correctamente. ¿Crees tú aún que lo bello en sí, eso con lo
que todas las demás cosas se adornan y aparecen bellas cuando se les
une esta especie, es una doncella, una yegua o una lira?»
Hip. - Ciertamente; Sócrates, no hay cosa más sen cilla que darle una
respuesta, si él busca qué cosa es lo bello con lo que se adornan todas
las demás cosas y aparecen bellas al añadírselas esto. En efecto, este
hombre es muy simple y no entiende nada de objetos bellos. Si le respondes
que lo bello por lo que él pregunta no es otra cosa que el oro, se
quedará confuso y no intentará refutarte. Pues todos sabemos que a lo
que esto se añade, aunque antes pareciera feo, al adornarse con oro,
aparece bello.
Sóc. - No conoces al hombre, Hipias, no sabes cuán sorprendente es
y cómo no acepta fácilmente nada.
Hip. - ¿Qué tiene que ver eso, Sócrates? Lo que está perfectamente
dicho tiene que aceptarlo, y si no lo acepta, quedará en ridículo.
Sóc. - Excelente Hipias, ciertamente no sólo no aceptará esta respuesta,
sino que se burlará mucho de mí y me dirá: «Tú, gran ciego,
¿crees que Fidias es un mal artista?». Yo le diré que de ningún modo lo
creo.
Hip. - Y dirás bien, Sócrates.
Sóc. - Sin duda. Pero, cuando yo reconozca que Fidias es buen artista,
a continuación él me dirá: «¿Desconocía Fidias esta especie de lo
bello de que tú hablas?» «¿En qué te fundas?», le diré yo. Me contestará:
«En que no hizo de oro los ojos de Atenea ni el resto del rostro, ni
tampoco los pies ni las manos, si realmente tenían que parecer muy bellos
al ser de oro, sino que los hizo de marfil; es evidente que cometió
este error por ignorancia, al desconocer, en efecto, que es el oro lo que
hace bellas todas las cosas a las que se añade». Si me contesta esto,
¿qué le debemos responder, Hipias?
Hip. - No es difícil: le diremos que obro rectamente. En efecto, también
el marfil es bello, creo yo.
Sóc. - Él va a decir. « ¿Por qué no hizo de marfil el espacio entre los
dos ojos sino de mármol, tras haber buscado una clase de mármol lo
más parecida al marfil? ¿Acaso también el mármol bello es también
una cosa bella?» ¿Diremos que sí, Hipias?
Hip. - Lo diremos, al menos cuando su uso es adecuado.
Sóc. -¿Cuando no es adecuado es feo? ¿Debo admitirlo, o no?
Hip. - Acepta que es feo cuando no es adecuado.
Sóc. - « ¿No es cierto, dirá él, que el marfil y el oro, sabio Sócrates,
cuando son adecuados hacen que las cosas aparezcan bellas y cuando
no son adecuados, feas?» ¿Negamos, o admitimos que él dice la verdad?
Hip. - Vamos a admitir que lo que es adecuado a cada cosa, eso la
hace bella.
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Sóc. - « ¿Qué es lo adecuado, dirá él, cuando se hace hervir, llena de
hermosas legumbres, la bella olla de la que acabamos de hablar: una
cuchara de oro o de madera de higuera?»
Hip. - ¡Por Heracles!, ¿qué hombre es ese, Sócrates? ¿No quieres decirme
quién es?
Sóc. - No lo conocerías si te dijera el nombre.
Hip. - Pues, incluso ahora, ya sé que es un hombre falto de instrucción.
Sóc. - Es muy molesto, Hipias. Sin embargo, ¿qué le vamos a decir?
¿Cuál de las dos cucharas es adecuada a la legumbre y a la olla? ¿No es
evidente que la de madera de higuera? Da más aroma a la legumbre y,
además, amigo, no nos podría romper la olla ni derramaría la verdura ni
apagaría el fuego dejando sin un plato muy agradable a los que iban a
comer. En cambio, la de oro podría hacer todas estas cosas, de manera
que, según parece, podemos decir que la de madera de higuera es más
adecuada que la de oro, a no ser que tú digas otra cosa.
Hip. - En efecto, es más adecuada, Sócrates; no obstante, yo no dialogaría
con un hombre que hace ese tipo de preguntas.
Sóc. - Haces bien, amigo. No sería adecuado para ti contaminarte con
tales palabras, un hombre como tú tan bien vestido, que usa un calzado
tan bello y que tiene buena reputación entre los griegos por su sabiduría.
En cambio, para mí no existe dificultad en mezclarme con este
hombre. Así pues, instrúyeme previamente y responde en favor mío:
«Si la cuchara de madera de higuera es más adecuada que la de oro -
dirá nuestro hombre-, ¿no es cierto que será también más bella, puesto
que has admitido, Sócrates, que lo adecuado es más bello que lo no
adecuado?» ¿Debemos admitir, Hipias, que la cuchara de madera de
higuera es más bella que la de oro?
Hip. - ¿Quieres que te diga lo que puedes decir que es lo bello y librarte
de tantas palabras?
Sóc. - Sí que quiero. Pero no antes de que me digas, cuál de las dos
cucharas de que acabamos de hablar debo decirle a él que es adecuada
y más bella.
Hip. -Si quieres, respóndele que la hecha de higuera.
Sóc. - Di, pues, ahora lo que ibas a decir antes. Pues con esta respuesta,
si digo que lo bello es el oro, no va a resultar, según me parece,
más bello el oro que la madera de higuera. Vamos a lo de ahora. ¿Qué
dices, de nuevo, que es lo bello?
Hip. -Voy a decírtelo. Me parece que tú tratas de definir lo bello como
algo tal que nunca parezca feo a nadie en ninguna parte.
Sóc. - Exactamente, Hipias. Ahora lo comprendes muy bien.
Hip. -Escucha. Con respecto a lo que voy a decir, sábelo bien, si alguien
tiene algo que objetar, di que yo no entiendo nada.
Sóc. - Habla en seguida, por los dioses.
Hip. - Digo, en efecto, que, para todo hombre y en todas partes, lo
más bello es ser rico, tener buena salud, ser honrado por todos los griegos,
llegar a la vejez, dar buena sepultura a sus padres fallecidos y ser
enterrado bella y magníficamente por los propios hijos.
Sóc. - ¡Ay! ¡Ay, Hípias! Ciertamente, has hablado de un modo maravilloso,
grandioso y digno de ti. Por Hera, yo te admiro y creo que, en
la medida en que te es posible, me ayudas amistosamente; pero no damos
en el blanco con nuestro hombre, sino que ahora se reirá más de
nosotros; sábelo bien.
Hip. - Peligrosa risa, Sócrates, pues, si no tiene nada que decir a esto
y se ríe, se ridiculizará a sí mismo y será objeto de risa por parte de los
presentes.
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Séc. -Tal vez sea así, pero quizá, según yo presumo, por esta respuesta
es. probable que no solamente se ría de mí.
Hip. - ¿Qué entonces?
Sóc. -Que si casualmente tiene un bastón y no me aparto, huyendo de
él, intentará seguramente alcanzarme.
Hip. - ¿Qué dices? ¿Es de algún modo ese hombre tu dueño y, al hacerlo,
no será detenido y condenado? ¿Vuestra ciudad no está sujeta a
leyes y permite que los ciudadanos puedan golpearse unos a otros injustamente?
Sóc. - En modo alguno lo permite nuestra ciudad.
Hip. -Luego será condenado, si te golpea injustamente.
Sóc. -No me parece que injustamente, Hipias. No lo pienso así, sino
justamente, si le doy esa contestación.
Hip. - Pues bien, también me lo parece a mí, puesto que tú mismo lo
crees.
Sóc. - ¿Puedo decirte por qué creo que me golpearla con justicia, si le
contestara eso? ¿Acaso también tú me vas a golpear sin juzgarme? ¿O
vas a escuchar mis palabras?
Hip. -Sería indigno, Sócrates, que no te escuchara. ¿Qué vas a decir?
Sóc. -Voy a hablar del mismo modo que antes, intentando imitarle,
para no dirigirte palabras duras e insólitas como las que él me dirigirá a
mí. Ten por seguro que me dirá: «Dime, Sócrates, ¿crees que recibirás
golpes injustamente, tú que has cantado tal ditirambo de modo tan desafinado
y te has apartado tanto de la pregunta?» «¿Cómo es eso?», le
diré yo. «¿Qué cómo?, me dirá. ¿Es que no eres capaz de acordarte de
que yo te preguntaba qué es lo bello en sí mismo, aquello que añadido a
cualquier cosa hace que ésta sea bella: piedra, madera, hombre, dios,
una acción o un conocimiento cualquiera? Yo, amigo, pregunto qué es
la belleza en sí, y no puedo con mis gritos llegar a ti más que si tuviera
a mi lado una piedra, una rueda de molino sin oídos ni cerebro. ¿Acaso
no te enfadarías, Hipias, si, llevado por el temor, respondiera yo a estas
palabras: «Es Hipias el que dice que esto es lo bello, aunque yo le había
preguntado, como tú a mí, qué es bello para todos y siempre.» ¿Qué dices?
¿No te vas a enfadar, si digo esto?
Hip. - Yo sé con certeza, Sócrates, que lo que yo he dicho es bello y
se presentará como bello para todos.
Sóc. - « ¿Lo será en lo futuro?, dirá él. Pues lo bello es bello siempre.
»
Hip. -Sin duda.
Sóc. - « ¿Luego lo era también en el pasado?», dirá el hombre.
Hip. - También lo era.
Sóc. - « ¿No es verdad que el forastero de Élide decía, dirá él, que era
bello para Aquiles ser enterrado después de sus padres y también, para
Éaco, su abuelo, y para los otros nacidos de dioses y para los mismos
dioses?»
Hip. - ¿Qué dices? Vete al diablo. Estas preguntas del hombre ni siquiera
son reverentes.
Sóc. - ¿Qué podemos hacer? Afirmar que esto es así, cuando otro lo
pregunta, ¿no es muy irreverente?
Hip. - Quizá.
Sóc. - Quizá también tú eres el que dice que, siempre y para todos, es
bello ser enterrado por sus hijos y enterrar a los padres. ¿Acaso no era
también uno de ellos Heracles y todos lo que ahora hemos nombrado?
Hip. - Pero yo no hablaba de los dioses.
Sóc. -Ni de los héroes, según parece.
Hip. - Ni de cuantos eran hijos de dioses.
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Sóc. -Pero, ¿de los que no lo eran?
Hip. - Sin duda.
Sóc. - Y bien, con arreglo a tus palabras era indigno, impío y vergonzoso,
según parece, para Tántalo, Dárdano y Zeto; en cambio, era bello
para Pélope y los otros así nacidos.
Hip. - Eso pienso.
Sóc. - «Así pues, piensas ahora, me dirá él, lo que antes negabas, es
decir, que ser enterrado por los hijos tras haber enterrado a los padres
es, para algunos y en algunas ocasiones, feo. Más aún, que, según parece,
no es posible que eso llegue a ser y realmente sea algo bello para
todos. De manera que este argumento ha sufrido el mismo inconveniente
que los tratados antes, los de la doncella y la olla, y, de manera
aún más ridícula que aquéllos, es bello para unos y no lo es para otros.
Por ahora, me dirá él, aún no eres capaz, Sócrates, de dar una respuesta
a la pregunta de qué es lo bello». Estos reproches y otros por el estilo
me hará con justicia, si le contesto como tú dices. En efecto, Hipias, casi
siempre dialoga conmigo así poro más o menos; otras veces se compadece
de mi inexperiencia e ignorancia y él mismo adelanta algo determinado
y me pregunta si me parece que eso es lo bello, y lo mismo
acerca de cualquier cosa que eventualmente pregunte y se refiera al
objeto de nuestra conversación.
Hip. - ¿En qué sentido dices eso, Sócrates?
Sóc. -Voy a explicártelo. «¡Oh incomprensible Sócrates!, me dice él,
deja de darme tales contestaciones; son, en efecto, demasiado simples y
refuta bles. En cambio, examina si te parece que es bello lo que ahora
objetábamos en la respuesta, cuando decíamos que el oro es bello para
las cosas que es adecuado y no lo es para las que no es adecuado, y así
todas las otras cosas a las que esto se añade. Examina lo adecuado en sí
y la naturaleza de lo adecuado en sí, por si lo bello es precisamente esto
». Yo. tengo la costumbre de aceptarle en cada ocasión estas propuestas.
No sé qué decirle. Así pues, ¿te parece que lo adecuado es bello?
Hip. -Totalmente, Sócrates.
Sóc. - Examinémoslo, no sea que nos equivoquemos.
Hip. -Debemos examinarlo.
Sóc. -Velo, pues. ¿Decimos que lo adecuado es lo que, al ser añadido,
hace que cada una de las cosas en las que está presente parezca bella,
o hace que sea bella, o ninguna de estas dos cosas?
Hip. - A mí me parece que lo que hace, que parezcan bellas. Por
ejemplo, si un hombre se pone el manto o el calzado que le convienen,
aunque él sea ridículo, da mejor apariencia.
Sóc. - Por tanto, si lo adecuado hace que se parezca más bello que lo
que se es, sería un engaño en relación con lo bello y no sería esto lo que
nosotros buscamos, Hipias. Pues nosotros buscamos aquello con lo que
todas las cosas bellas son bellas, de la misma manera que todas las cosas
grandes son grandes por el hecho de sobrepasar; pues, todas las cosas
son grandes por esto, y aunque no lo parezcan, si exceden de la medida,
son necesariamente grandes. Siguiendo este razonamiento, ¿qué
sería lo bello, con lo que todas las cosas son bellas, lo parezcan o no?
No podría ser lo adecuado, pues las hace parecer más bellas de lo que
son, según tus palabras, y no permite que aparezcan según son. Hay que
intentar decir qué es lo que hace que sean bellas, como acabo de decir,
lo parezcan o no. En efecto, es esto lo que buscamos, si buscamos lo
bello.
Hip. -Pero lo adecuado, Sócrates, si está presente, hace que las cosas
parezcan y sean bellas.
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Sóc. - ¿No es imposible que lo que en realidad es bello parezca no
serlo, si está presente lo que le hace parecerlo?
Hip. -Sí, es imposible.
Sóc. - ¿Debemos convenir, Hipias, que a todas las cosas realmente
bellas, incluso instituciones y costumbres, todos los hombres las tienen
siempre como bellas y les parecen bellas, o bien, todo lo contrario, que
no hay conocimiento sobre ello y que, privadamente, entre las personas
y, públicamente, entre las ciudades hay más porfía y lucha sobre esto
que sobre otra cosa?
Hip. -Más bien así, Sócrates, que no hay conocimiento.
Sóc. - No sería así, si es que de algún modo se les añadiera la apariencia.
Se les añadiría, si lo adecuado fuera bello y no sólo hiciera que
las cosas sean bellas, sino también que lo parezcan. De manera que si
es lo adecuado lo que hace que las cosas sean bellas, eso sería lo bello
que nosotros buscamos, no ciertamente lo que las hace parecer bellas.
Si, por otra parte, lo adecuado es lo que las hace parecer bellas, no seria
eso lo bello que nosotros buscamos. En efecto, lo que buscamos hace
que las cosas sean bellas, pero una misma causa no podría hacer que las
cosas parezcan y sean bellas o de otra cualidad. Decidamos ya si nos
parece que lo adecuado es lo que hace que las cosas parezcan bellas o
lo que hace que lo sean.
Hip. - Que lo parezcan, pienso yo, Sócrates.
Sóc. - ¡Ay! Se aleja de nosotros y nos huye, Hi pias, el conocimiento
de qué es lo bello, puesto que lo adecuado se ha mostrado como algo
diferente de lo bello.
Hip. - Sí, por Zeus, Sócrates, y me causa extrañeza.
Sóc. - Sin embargo, amigo, no abandonemos todavía esto, pues aún
tengo cierta esperanza de que se aclare qué es lo bello.
Hip. - Estoy seguro, Sócrates; ni siquiera es difícil conseguirlo. En
efecto, estoy convencido de que, si me quedara a solas un poco de
tiempo y lo reflexionara, te lo diría con la máxima exactitud.
Sóc. - ¡Ay, no seas presuntoso, Hipias! Ves cuántas dificultades nos
ha causado ya esta búsqueda; es de temer que se nos crispe la cuestión
y se nos escape aún más. Pero no he dicho nada; pues tú, creo yo, lo
conseguirás fácilmente cuando estés solo. Pero, por los dioses, descúbrelo
junto a mí y, si quieres, haz la investigación conmigo como ahora.
Si lo descubrimos, será excelente; si no, yo me consolaré con mi suerte
y tú, en cuanto me hayas dejado, lo hallarás con facilidad. Si lo descubrimos
ahora, sin duda que no te voy a ser molesto preguntándote qué
era lo que tú hallaste a solas. Mira ahora de nuevo si te parece a ti que
lo que voy a decir es lo bello -pero examínalo prestándome mucha
atención, no sea que yo diga tonterías: tomemos como bello lo que es
útil. He hablado haciendo la reflexión de este modo: son bellos los ojos,
no los de condición tal que no pueden ver, sino los que sí pueden y son
útiles para ver. ¿Es así?
Hip. - Sí.
Sóc. - Luego también, siguiendo de este modo, decimos que todo el
cuerpo es bello bien para la carrera, bien para la lucha, y lo mismo, todos
los animales, un caballo, un gallo, una codorniz; los enseres y todos
los vehículos, de tierra; en el mar, los barcos y las trirremes, y todos los
instrumentos, los de música. y los de las otras artes, y, si quieres, las
costumbres y las leyes; en suma, llamamos bellas a todas estas cosas
por la misma razón, porque consideramos en cada una de ellas para qué
han nacido, para qué han sido hechas, para qué están determinadas, y
afirmamos que lo útil es bello teniendo en cuenta en qué es útil, con
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respecto a qué es útil y cuándo es útil; lo inútil para todo esto lo llamamos
feo ¿Acaso no piensas tú también así, Hipias?
Hip. - Sí lo pienso.
Sóc. -¿Luego afirmamos rectamente ahora que lo útil es precisamente
bello, más que cualquier otra cosa?
Hip. - Lo afirmamos rectamente, Sócrates.
Sóc. - ¿Lo que es capaz de realizar una cosa es útil para lo que es capaz,
y lo que no es capaz es inútil?
Hip. -Sin duda.
Sóc. - ¿Luego el poder es algo bello y la falta de poder, algo feo?
Hip. - Totalmente, Sócrates. Otras cosas te darán testimonio de que
esto es así, sobre todo la política; entre los políticos y en sus propias
ciudades ejercer el poder es lo más bello; no tener ningún poder es lo
más feo.
Sóc. -Muy bien. Por los dioses, Hipias, ¿acaso por esto la sabiduría
es lo más bello y la ignorancia lo más feo?
Hip. - ¿Qué estás pensando, Sócrates?
Sóc. - Conserva la calma, amigo. Me da miedo pensar qué es lo que
realmente estamos diciendo.
Hip. - ¿Qué temes de nuevo, Sócrates? Ahora tu razonamiento se ha
producido perfectamente.
Sóc. -Así quisiera yo, pero examina esto conmigo. ¿Acaso haría alguien
algo que no conoce ni puede hacer en absoluto?
Hip. -De ningún modo. ¿Cómo va alguien a hacer lo que no puede
hacer?
Sóc. -Los que cometen errores y hacen mal y lo hacen contra su voluntad,
¿no es cierto que no harían nunca esto si no pudieran hacerlo?
Hip. -Es evidente.
Sóc. -Luego los que pueden son potentes por el poder, no por la falta
de poder.
Hip. -No lo son, ciertamente, por la falta de poder.
Sóc. - ¿Todos los que son potentes pueden hacer lo que hacen?
Hip. -- Sí.
Sóc. -Todos los hombres hacen más males que bienes, empezando
desde niños y cometen errores involuntariamente.
Hip. - Así es.
Sóc. - ¿Qué podemos decir? Este poder y estas cosas útiles para hacer
el mal, ¿acaso vamos a decir que son cosas bellas o bien estamos
lejos de ello?
Hip. -Lejos, Sócrates, pienso yo.
Sóc. -Luego, según parece, Hipias, lo potente y lo útil no es, para nosotros,
lo bello.
Hip. - Lo es al menos, Sócrates, cuando puede hacer bien y es útil para
esto.
Sóc. - Se nos va, por tanto, la idea de que lo potente y lo útil sean
simplemente lo bello. Pero, ¿es acaso esto lo que nuestra mente quería
decir, a saber, que lo útil y lo potente para hacer el bien es lo bello?
Hip. - Así me lo parece.
Sóc. - Pero esto es lo provechoso. ¿No es verdad? Hip. -Sin duda.
Sóc. - Así, también, los cuerpos bellos y la sabiduría bella y todas las
cosas que ahora decíamos son bellas porque son provechosas.
Hip. - Es evidente.
Sóc. - Luego nosotros pensamos, Hipias, que lo provechoso es lo bello.
Hip. - Completamente, Sócrates.
Sóc. -Y, ciertamente, lo provechoso es lo que hace el bien.
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Hip. -Lo es.
Sóc. -Lo que hace algo no es otra cosa que la causa de lo que hace.
¿Es así?
Hir. - Así es.
Sóc. - Luego lo bello es causa del bien.
Hip. -Lo es.
Sóc. - Pero la causa, Hipias, y aquello de lo que la causa pueda ser
causa son dos cosas distintas. En efecto, la causa no podría ser causa de
la causa. Examínalo así. ¿No nos ha resultado que la causa es agente?
Hip. - Ciertamente.
Sóc. - ¿Luego el agente no produce otra cosa que el resultado, pero
no produce el agente?
Hip. -Así es.
Sóc. - ¿Luego una cosa es el resultado y otra, el agente?
Hip. - Sí.
Sóc. - Por tanto, la causa no es causa de la causa, sino de lo producido
por ella.
Hip. - Ciertamente.
Sóc. - Por consiguiente, si lo bello es causa del bien, el bien sería
producido por lo bello. Por esto, según parece, deseamos la inteligencia
y todas las otras cosas bellas, porque la obra de ellas y lo que de ellas
nace, el bien, es deseable; es probable que, de lo que deducimos, lo bello
sea en cierto modo padre del bien.
Hip. -Perfectamente, dices la verdad, Sócrates.
Sóc. - ¿Y también es verdad que el padre no es hijo ni el hijo, padre?
Hip. - Verdad, sin duda.
Sóc. -Tampoco la causa es el efecto, ni el efecto es la causa.
Hip. - Dices la verdad.
Sóc. - Por Zeus, amigo, tampoco entonces lo bello es bueno ni lo
bueno es bello. ¿O crees tú que esto es posible partiendo de lo que hemos
dicho?
Hip. - No, por Zeus, no me lo parece.
Sóc. - ¿Nos parece bien y estaríamos dispuestos a decir que lo bello
no es bueno ni lo bueno, bello?
Hip. - No, por Zeus, no me parece bien de ningún modo.
Sóc. - Por Zeus, Hipias, a mí es lo que peor me ' parece de todo lo
que hemos dicho.
Hip. - Así pienso yo.
Sóc. -Así pues, es probable que, contra lo que hace un momento nos
parecía ser el mejor de los razonamientos, a saber, que lo útil, lo provechoso
y lo capaz de hacer algún bien es lo bello, no sea así, sino que, si
ello es posible, sea aún más ridícula esta proposición que las de antes
en las que creíamos que la doncella era lo bello y, así, cada una de las
cosas entonces dichas.
Hip. - Puede ser.
Sóc. -Yo, Hipias, no sé adónde dirigir mi mente, estoy confuso.
¿Puedes tú decir algo?
Hip. - No por el momento, pero, como decía. antes, si lo reflexiono,
estoy seguro de que lo hallaré.
Sóc. -Me parece que yo, por el deseo de conocerlo, no soy capaz de
esperar a que reflexiones. Incluso creo que acabo de encontrar una salida.
Mira a ver. Si decimos que es bello lo que nos produce satisfacción,
no todos los placeres, sino los producidos por el oído y la vista, ¿cómo
saldríamos adelante? Los seres humanos bellos, Hipias, los colores bellos
y las pinturas y las esculturas que son bellas nos deleitan al verlos.
Los sonidos bellos y toda la música y los discursos y las leyendas nos
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hacen el mismo efecto, de modo que si respondemos a nuestro atrevido
hombre: «Lo bello, amigo, es lo que produce placer por medio del oído
o de la vista», ¿no le contendríamos en su atrevimiento?
Hip.- Me parece, Sócrates, que ahora has dicho bien qué es lo bello.
Sóc. -Pero, ¿qué decir? ¿Acaso las costumbres bellas y las leyes, Hipias,
diremos que son bellas porque producen placer por medio del oído
o de la vista, o bien son de otra índole?
Hip. - Quizá, Sócrates, esto le pase inadvertido a nuestro hombre.
Sóc. - Por el perro, Hipias, no le pasará a aquel ante el que yo sentiría
la mayor vergüenza, si digo necedades y simulo decir algo sin decir nada.
Hip. - ¿Quién es éste?
Sóc. - Sócrates, hijo de Sofronisco, el cual no me permitiría decir
esto a la ligera sin haberlo investigado, así como tampoco dar por sabido
lo que no sé.
Hip. - Puesto que tú lo dices, a mí también me parece que es algo
distinto lo de las leyes.
Sóc. - Ten tranquilidad, Hipias; es probable que hayamos caído en la
misma dificultad acerca de lo bello en la que caímos hace un momento,
la de creer de nuevo que estábamos en el buen camino.
Hip. - ¿Qué quieres decir, Sócrates?
Sóc. - Voy a decirte lo que me parece, por si tiene algún valor. Lo
que hemos dicho respecto de las leyes y de las costumbres quizá parezca
no estar fuera de la sensación que nosotros percibimos por el oído o
por la vista. Pero sostengamos este criterio, el de que es bello lo que
produce placer por medio de estos sentidos y dejemos aparte lo referente
a las leyes. Entonces si este hombre que yo digo u otro cualquiera
nos preguntara: «¿Por qué, Hipias y Sócrates, separáis del placer ese
placer que vosotros decís que es bello y negáis que sea bello el placer
producido por otras sensaciones, las de la comida y la bebida, las del
amor y todas las demás? ¿Es que afirmáis que no son agradables y que
no hay placer, en modo alguno, en este tipo de sensaciones ni en otra
cosa que en ver y oír?» ¿Qué diremos, Hipias?
Hip. - Afirmaremos sin ninguna duda, Sócrates, que también en las
otras sensaciones hay muy grandes placeres.
Sóc. - « ¿Por qué, entonces, dirá él, las priváis de este nombre y las
despojáis de la condición de bellas a siendo placeres lo mismo que
aquéllas?» «Porque, diremos nosotros, nadie dejaría de reírse de nosotros
si afirmáramos que comer no es agradable, pero sí bello, y que oler
placenteramente no es placentero sino bello. En lo referente al amor,
todos nos objetarían que es muy placentero, pero que es preciso que,
cuando se hace, sea de manera que nadie lo vea porque es muy feo para
ser visto». Ante estas palabras nuestras, Hipias, quizá nos dijera él:
«Me doy cuenta de que desde hace tiempo os resistís por vergüenza a
afirmar que estos placeres son bellos, porque no lo piensan así los
hombres. Pero yo no preguntaba qué le parece bello a la mayoría, sino
qué es lo bello». Diremos, sin duda, creo yo, lo que habíamos propuesto,
a saber, que lo bello es esa parte del placer que se produce por
la vista o por el oído. ¿Te sirve el razonamiento, Hipias, o decimos otra
cosa?
Hip. - Es necesario sujetarnos a lo dicho, Sócrates, y no decir otra cosa
que eso.
Sóc. - «Muy bien, dirá él. ¿No es cierto que si lo placentero por medio
de la vista y del oído es bello, el placer que no sea precisamente
esto, evidentemente no sería bello?» ¿Lo aceptaremos?
Hip. - Sí.
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Sóc- - « ¿Quizá, dirá, él, el placer producido por medio de la vista es
placer por la vista y también por el oído y el placer producido por medio
del oído es placer por el oído y también por la vista?» «De ningún
modo, diremos nosotros, eso sería decir que lo producido por medio de
uno de los dos lo sería por ambos, y nos parece que tú dices eso; sin
embargo, nosotros decimos que cada uno de estos dos placeres es bello
por sí mismo y que ambos son bellos» ¿No responderíamos así?
Hip. - Ciertamente.
Sóc. - « ¿Acaso, dirá él, un placer se distingue de otro placer por el
hecho de ser placer? Pues no se trata de si un placer es mayor o menor
o más o menos placer, sino de si algún placer difiere de los placeres en
que uno es placer y otro no». Nos parece que no, ¿no es así?
Hip. - En efecto, no.
Sóc. - « ¿Entonces, dirá él, habéis tomado éstos entre los otros placeres
por algo distinto que porque son placeres, observando que ambos
tienen algo distinto de los demás y, atendiendo a ello, afirmáis que son
bellos? Pues, sin- duda, el placer producido por la vista no es placer bello
por el hecho de que se produce por la vista. En efecto, si esa fuera la
causa de ser bello, jamás sería bello el otro placer, el producido por el
oído, pues no es placer producido por la vista». Es verdad, diremos nosotros.
Hip. - Lo diremos, en efecto.
Sóc. - «Tampoco, a su vez, el placer producido por medio del oído es
precisamente bello porque se produce por medio del oído, pues entonces
jamás sería bello el placer producido por la vista, pues no es placer
producido por el oído.» ¿Diremos, Hipias, que nuestro hombre dice la
verdad al decir esto?
Hip. - La verdad.
Sóc. - «Sin embargo, uno y otro son bellos, según decís.» ¿Lo decimos,
en efecto?
Hip. - Sí.
Sóc. - «Tienen, pues, algo idéntico que los hace ser bellos, algo común
que se encuentra en uno y otro conjuntamente y en cada. uno de
los dos separadamente; - de otro modo no serían bellos los dos y cada
uno de ellos.» Contésteme como si yo fuera él.
Hip. - Respondo que me parece que es así como tú dices.
Sóc. -Si una condición afectara a estos dos placeres, pero no a cada
uno de ellos, ¿no serían bellos por esto?
Hlp. -¿Cómo podría ser, Sócrates, que no siendo afectados ni uno ni
otro por alguna condición, esta condición, que ninguno de los dos ha
experimentado, afecte a ambos?
Sóc. - ¿No te parece posible?
Hip. - Tendría yo gran inexperiencia de la naturaleza de estas cosas y
del lenguaje de los razonamientos en que estamos.
Sóc. -Muy bien, Hipias. Sin embargo, yo tengo la idea de que me parece
ver algo así como lo que tú dices que es imposible, pero no llego a
verlo.
Hip. -No tienes la idea, Sócrates, sino que ciertamente se te va la
vista.
Sóc. -No obstante, se aparecen ante mi mente muchas imágenes de
este tipo, pero desconfío de ellas porque no se te muestran a ti, el hombre
de nuestro tiempo que más dinero ha ganado por su sabiduría; en
cambio, se me muestran, a mí que jamás he ganado nada. Me temo,
amigo, que bromeas conmigo y que me engañas intencionadamente;
con tanta firmeza y frecuencia se me aparecen esas ideas.
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Hip. - Si bromeo o no, nadie lo sabrá mejor que tú, caso de que procures
decirme esas ideas que se te aparecen. Resultará evidente que dices
algo sin valor. Jamás encontrarás algo que no nos afecte ni a ti ni a
mí y que nos afecte a los dos juntos.
Sóc. - ¿Qué dices, Hipias? Quizá tienes razón y yo no comprendo.
Escucha muy claramente lo que quiero decir. Me parece que lo que yo
no he experimentado que existe en mí y lo que yo no soy, ni tampoco
tú, es posible que eso lo experimentemos los dos; por otra parte, otras
cosas que experimentamos los dos no las experimentamos cada uno de
nosotros.
Hip. -Parece que dices cosas prodigiosas. Sócrates, más aún que las
que decías hace un rato. Reflexiona. Si los dos somos justos, ¿no lo seríamos
cada uno de nosotros? Si injusto cada uno, ¿no lo seríamos ambos?
Si somos de buena salud, ¿no lo sería cada uno? Si cada uno de
nosotros estuviera enfermo, herido, golpeado o afectado por cualquier
cosa, ¿no experimentaríamos también los dos eso mismo? Aún más, si
los dos fuéramos de oro, de plata o de marfil y, si lo prefieres, si fuéramos
nobles o sabios o con derecho a honores o viejos o jóvenes o, de
otra condición humana cualquiera, ¿acaso no es de una gran necesidad
el que seamos eso cada uno de nosotros?
Sóc. --Sin ninguna, duda.
Hip. -En efecto, Sócrates, tú no examinas el conjunto de las cosas, ni
tampoco, ésos con los que tú acostumbras a dialogar; aisláis lo bello o
cualquier otra cosa y os echáis sobre ello haciendo en las conversaciones
una obra despedazadora. Por esto, se os escapan inadvertidamente
tan grandes y perennes objetos de la realidad. Ahora se te ha pasado
por alto algo tan importante como creer que existe algún accidente
o entidad que pertenezca a dos seres, pero no a cada uno de ellos, o, a la
inversa, que pertenezca a cada uno, pero no a los dos. Tan irracional,
irreflexiva, simple e ininteligible es vuestra situación.
Sóc. - Así estamos nosotros, Hipias; con frecuencia, los hombres dicen
el proverbio: «No lo que se quiere sino lo que se puede.» Pero tú
nos ayudas amonestándonos constantemente. ¿Puedo todavía mostrarte
ahora aún más lo que pensábamos antes de que tú nos recriminaras la
situación tan tonta en que nos hallamos, o bien no debo decirlo?
Hip. -Vas a hablar a quien ya sabe lo que vas a decir, Sócrates; pues
yo conozco a todos los que practican estas conversaciones y sé cómo
son. Sin embargo, si te es más agradable, habla.
Sóc. - Ciertamente, me es más agradable. En efecto, nosotros, amigo,
éramos tan necios, antes de haber hablado tú, que teníamos la creencia
respecto a ti y a mí de que cada uno de nosotros era uno y que esto que
éramos cada uno de nosotros no lo éramos consiguientemente los dos,
pues no somos uno, sino dos. Tan neciamente pensábamos. Pero ahora
hemos aprendido de ti que, si los dos somos dos, es necesario que cada
uno de nosotros sea dos y que, si cada uno es uno, es necesario también
que los dos seamos uno. No es posible que acontezca de otro modo a la
continua razón de lo real, según Hípias, sino que lo que sean los dos lo
es cada uno y lo que sea cada uno lo sean los dos. Convencido ahora
por ti, me quedo ya quieto aquí. Sin embargo, Hipias, hazme recordar
antes: ¿somos nosotros uno, tú y yo, o tú eres dos y yo, también dos?
Hip. - ¿Qué intentas decir, Sócrates?
Sóc. - Lo que estoy diciendo. Me temo que tú expresas claramente tu
irritación contra mí cuando crees que dices algo con razón. Sin embargo,
sigue aún: ¿no es uno cada uno de nosotros y está afectado de esta
condición, la de ser uno?
Hip. - Sin duda.
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Sóc. - Luego si es uno, es también impar cada uno de nosotros. ¿No
consideras que el uno es impar?
Hip. - Ciertamente.
Sóc. - ¿Y los dos somos impar, siendo dos?
Hip. - Eso no puede ser, Sócrates.
Sóc. - Luego somos par los dos. ¿Es así? Hip. - Exactamente.
Sóc. -¿Acaso por el hecho de que los dos somos par es también par
cada uno de nosotros.
Hip. -No, sin duda.
Sóc. -Luego no es de absoluta necesidad, como antes decías, que lo
que sean los dos lo sea cada uno y que lo que sea cada uno lo sean los
dos.
Hip. - No en esta clase de cosas, sino en las que, yo decía antes.
Sóc. - Es suficiente, Hipias. Hay que contentarse con eso, puesto que
unas cosas parecen así y otras no lo son. Yo decía, si te acuerdas de
dónde partió este razonamiento, que el placer por medio de la vista y
del oído no era bello por el hecho de que fuera afectado cada uno de
ellos, pero no los dos, ni por la cualidad que tuviesen los dos, pero no la
que tuviese cada uno, sino por la que afectara a los dos y a cada uno,
porque tú estabas de acuerdo en que eran bellos los dos y cada uno de
ellos. A causa de esto, yo creía que era necesario que ellos fueran bellos
por la esencia que acompaña a los dos, si los dos son bellos, y no por lo
que le falta a uno de ellos. También ahora pienso así. Pero dime, como
si empezáramos ahora, si los placeres producidos por medio de la vista
y del oído son bellos los dos en conjunto y cada uno de ellos, ¿acaso lo
que hace que sean bellos no acompaña a los dos conjuntamente y a cada
uno de ellos?
Hip. -Sin duda.
Sóc. - ¿Acaso porque cada uno de ellos es placer y los dos también lo
son por esta razón son bellos? ¿O bien por esta razón también los otros
placeres serían igualmente bellos? Si te acuerdas, resultó evidente que
eran placeres en la misma medida.
Hip. - Sí me acuerdo.
Sóc. - Y de que se dijo que eran bellos porque son producidos por la
vista y el oído.
Hip.-También se dijo eso.
Sóc. -Examina si digo la verdad. Decíamos, en efecto, según yo recuerdo,
que el placer era bello, pero no todo placer, sino el producido
por la vista y el oído.
Hip. - Ciertamente.
Sóc. - ¿No es verdad que esta cualidad acompaña a los dos conjuntamente,
pero no a cada uno? En efecto, según decíamos antes, cada
uno de ellos no está formado por los dos conjuntamente, sino los dos
conjuntamente por ambos, pero no por cada uno de ellos. ¿Es así?
Hip.- Así es.
Sóc. -Luego cada uno de ellos no puede ser bello por lo que no
acompaña a cada uno. La cualidad de ser dos no acompaña a cada uno.
De manera que, de acuerdo con nuestra suposición, es posible decir que
los dos son bellos, pero no es posible decirlo de cada uno. ¿Qué otra
cosa vamos a decir? ¿No es necesario que sea así?
Hip. -Así resulta.
Sóc. - ¿Debemos decir, pues, que los dos son bellos y que cada uno
de ellos no lo es?
Hip. - ¿Qué lo impide?
Sóc. -Me parece a mí, amigo, que el impedimento es que en todas las
cosas que tú has citado nos sucedía que las cualidades que se añadían a
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las cosas, si se añadían a las dos, se añadían también a cada una, y si a
cada una también a las dos. ¿Es así?
Hip. - Sí.
Sóc.- En cambio, en las que yo he nombrado no es así. Tenemos, por
una parte, lo que es cada uno en sí mismo y, por otra, lo uno y otro
conjuntamente. ¿Es así?
Hip. -Así es.
Sóc. - ¿Cuál de estas dos cosas, Hipias, te parece a ti que es lo bello?
¿Aquella de la que tu hablabas: si yo soy fuerte y tú también, lo somos
los dos; si yo soy justo y tu también, lo somos los dos, y si lo somos los
dos, lo es cada uno; y del mismo modo, si tú y yo somos bellos, lo somos
también los dos, y si lo somos los dos, lo es cada uno? ¿O bien,
nada impide que sea de este otro modo: siendo los dos conjuntamente
par, cada uno de ellos es quizá impar, quizá par; y también siendo cada
uno de los dos indeterminado, el conjunto de los dos es quizá determinado,
quizá indeterminado; así otros infinitos ejemplos de este tipo que
ya dije que se presentan ante mi mente? ¿En cuál de los dos colocas lo
bello? ¿O lo- que para mí es evidente acerca de esto lo es también para
ti? A mí me parece muy contrario a la razón que nosotros seamos bellos
los dos, pero que no lo seamos cada uno, o que lo seamos cada uno, pero
no los dos, así como cualquier otra cosa de este tipo. ¿Tomas este
punto de vista o el otro?
Hip. -Éste, sin duda, Sócrates.
Sóc. - Haces bien, Hipias, a fin de evitarnos una investigación más
larga. En efecto, si lo bello es de esta clase, el placer producido conjuntamente
por la vista y el oído ya no sería bello, pues lo hacen bello
las dos percepciones, la de la vista y la del oído, pero no cada una de
ellas. Esto es imposible, Hipias, según hemos convenido tú y yo.
Hip. -Lo hemos convenido, en efecto.
Sóc. - Luego es imposible que el placer por la vista y por el oído sea
bello, puesto que, si se hace bello, implica un imposible.
Hip. - Así es.
Sóc. - «Repetidlo, dirá nuestro hombre, desde el principio, puesto
que perdisteis el camino. ¿Qué decís que es lo bello propio de estos dos
placeres, aquello por lo que dándoles preferencia sobre los otros placeres
les disteis el nombre de bellos?» Me parece, Hipias, que es necesario
decir que porque éstos son los placeres más inofensivos y los
mejores, tanto los dos conjuntamente como cada uno de ellos. ¿Tienes
tú alguna otra cosa que decir por la que sean superiores a los otros?
Hip. - Nada; realmente son los mejores.
Sóc. - «¿Luego, dirá él, decís que lo bello es un placer provechoso?»
«Así parece», diré yo. ¿Y tú?
Hip. -También yo.
Sóc. - « ¿Luego lo que produce el bien es provechoso; pero lo producido
y lo que produce han resultado ser algo distinto hace un rato y
nuestra conversación ha vuelto adonde estábamos antes? En efecto, ni
lo bueno sería bello, ni lo bello bueno, si cada uno de ellos es distinto
del otro». Perfectamente, diremos nosotros, Hipias, si somos sensatos,
pues no es licito no estar de acuerdo con el que dice la verdad.
Hip. -Pues, ciertamente, Sócrates, ¿qué crees tú que son todas estas
palabras? Son raspaduras y fragmentos de una conversación, como decía
hace un rato, partidas en trozos. Pero lo bello y digno de estimación
es ser capaz de ofrecer un discurso adecuado y bello ante un tribunal, o
ante el Consejo o cualquier otra magistratura en la que se produzca el
debate, convencer y retirarse llevando no estas nimiedades, sino el mayor
premio, la salvación de uno mismo, la de sus propios bienes y la de
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los amigos. A esto hay que consagrarse, mandando a paseo todas estas
insignificancias, a fin de no parecer muy necio, al estar metido, como
ahora, en tonterías y vaciedades.
Sóc. -Querido Hipias, tú eres bienaventurado porque sabes en qué un
hombre debe ocuparse y porque lo practicas adecuadamente, según dices.
De mí, según parece, se ha apoderado un extraño destino y voy
errando siempre en `continua incertidumbre y, cuando yo os muestro mi
necesidad a vosotros, los sabios, apenas he terminado de hablar, me insultáis
con vuestras palabras. Decís lo que tú dices ahora, que me ocupo
en cosas inútiles, mínimas y dignas de nada. Por otra parte, cuando,
convencido por vosotros, digo lo mismo que vosotros, que es mucho
mejor ser capaz de ofrecer un discurso adecuado y bello y conseguir algo
ante un tribunal o en cualquier otra asamblea, entonces oigo toda
clase de insultos de otras personas de aquí y de este hombre que continuamente
me refuta. Es precisamente un familiar muy próximo y vive
en mi casa. En efecto, en cuanto entro en casa y me oye decir esto, me
pregunta si no me da vergüenza atreverme a hablar de ocupaciones bellas
y ser refutado manifiestamente acerca de lo bello, porque ni siquiera
sé qué es realmente lo bello. «En verdad, me dice él, ¿cómo vas tú a
saber si un discurso está hecho bellamente o no, u otra cosa cualquiera,
si ignoras lo bello? Y cuando te encuentras en esta ignorancia, ¿crees tú
que vale más la vida que la muerte?» Me sucede, como digo, recibir a
la vez vuestros insultos y reproches y los de él. Pero quizá es necesario
soportar todo esto: no hay nada extraño en que esto pueda serme provechoso.
Ciertamente, Hipias, me parece que me ha sido beneficiosa la
conversación con uno y otro de vosotros. Creo que entiendo el sentido
del proverbio que dice: «Lo bello es difícil.»
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